La conquista espiritual de México (III)

dominicos

DISPERSION Y REPARTO GEOGRAFICO DE LAS FUNDACIONES MONASTICAS. (DEL LIBRO “LA CONQUISTA ESPIRITUAL DE MEXICO” DE ROBERT RICARD

Es evidente que para comenzar su apostolado no podía el misionero aguardar hasta que hubiera adquirido un hondo conocimiento del país, ni de sus lenguas y civilización. Tenía que llevar a un tiempo dos empeños, y no era esta, a la verdad. Una de las menores dificultades de su empresa, el de la adquisición de conocimientos científicos y el de la roturación espiritual. Vamos a seguirle en su obra.

 Vimos ya su conducta ante el paganismo indígena; vimos cómo concebía y organizaba su preparación etnográfica y lingüística y las discusiones que se suscitaron en ella: desde este capítulo vamos a presenciar propiamente la fundación de la Iglesia en México, o en otros términos, la ocupación del territorio, la predicación, la administración de los sacramentos, de los cuales es primero el bautismo, medio de agregación de los catecúmenos a la comunidad Cristiana, en tanto que los demás mantienen y desarrollan la gracia, por la cual quedan incorporados  como miembros tanto del alma, como del cuerpo de la Iglesia.

 Es sumamente difícil fijar la cronología de la diáspora apostólica y las fundaciones monásticas en la Nueva España. Los textos de hayan ayunos de indicaciones precisas, ya sea que se trate de correspondencias, de memorias, de crónicas semi – oficiales, o de documentos administrativos.

Algunas veces hacen punto omiso de la cronología, a veces se contentan con dar cifras redondas, apenas aproximadas. Aun los más rigurosos autores resultan decepcionantes. al estudiar sus datos fácil es llegar a la conclusión, o de que se contradicen, o de que no se pueden armonizar: tal es el caso de la obra de Arlegui, por lo demás sumamente preciosa.

Aumenta a menudo la confusión, pues no podemos determinar a qué hecho se refiere precisamente la fecha que se nos presenta. No se precisa casi nunca si se habla de la primera instalación de los misioneros en determinado sitio, o del principio de la construcción de la casa – la cual puede ser, además, o un suntuoso monasterio, o una humilde residencia -, o, finalmente, de la erección canónica del convento.

Hay, por fortuna, entre los textos de que disponemos algunas felices excepciones: Mendieta, Tello, Beaumont, para los franciscanos; Grijalva, Sicardo, para los agustinos, y, con ciertas restricciones, Dávila Padilla, Burgoa y Méndez, para los dominicos.

Poco es, pero estos textos suministran una base. Con sus informes combinados con las noticias más vagas aún de otras Fuentes, es posible trazar un diseño de la historia de la expansión progresiva de las tres Ordenes Mendicantes por el territorio de la Nueva España entre 1525 y 1572.

A partir de 1524 los frailes menores fundan conventos en dos regiones, que habrán de ser los dominios fundamentales de su actividad apostólica: el Valle de México y la región de Puebla. En cada una de ellas instalan dos casas y para ello escogen grandes centros indígenas, de excepcional importancia, así política como religiosa.

En la región de Puebla, Tlaxcala y Huejotzinco; en el Valle de México, Tetzcoco y Churubusco, donde había un templo de Huitzilopochtli y de donde poco tardaron para trasladarse a México. Los primeros pueblos catequizados por los padres de México fueron Cuauhtitlán y Tepotzotlán; por otra parte, con el convento de México estaban ligados durante todos los tiempos primitivos, el Valle de Toluca, Michoacán, la region de Jilotepec (E. de México), la de Tula (E. de Hidalgo).

De Tetzcoco dependían Otumba, tepeapulco, Tulancingo (las dos últimas, en el actual E. de Hidalgo), y todo el territorio que yacía entre estas poblaciones, y en dirección al Norte. Tlaxcala tenía jurisdicción sobre Zacatlán y sus montañas, lo mismo que sobre la región de Jalapa y Veracruz. Huejotzingo, por fin, había recibido a su cuidado a Cholula, Tepeaca, Tecamachalco, Tehuacán, Huaquechula, Chietla, y toda la Mixteca.

Era esta una organización totalmente provisoria y que duró poco: la multiplicación de fundaciones franciscanas, y la llegada de las otras dos Órdenes hicieron efímera su existencia.

Etapa capital del desarrollo del apostolado franciscano en México fue el periodo que abarca los años de 1525 a 1531. Durante él se consolidan las posiciones de la Orden en la region de Puebla: funda el P. Fr. Juan de Ribas el convento de Tepeaca; y en la región de México, se suceden las fundaciones: Cuauhtitlán, Tlalmanalco, Coatepec – Chalco, Toluca, en tanto que se construye el convento grande de S. Francisco de México.

Hay también en esta época un avance hacia el Norte: la misión de Pánuco fue tal vez fundada por el 1530, por Fr. Andrés de Olmos. En esta época también se realiza la penetración en lo que actualmente es el Estado de Morelos: en 1525 se funda Cuernavaca, de cuyo convento iban a visitar los padres Ocuila y Malinalco.

Es de manera muy particular la época de la penetración de Michoacán y la Nueva Galicia. Ya en 1525 Caltzontzin, rey de Michoacán, pide a Fr. Martín de Valencia que le envíe religiosos, y en 1526 llegan a Tzintzuntzan, centro y capital de la comunidad tarasca, los franciscanos y funda allí un convento Fr. Martín de Jesús.

En los años subsecuentes y en medio de variadas vicisitudes van fundando los franciscanos, uno en pos de otro, los conventos de Pátzcuaro, Acámbaro, Zinapécuaro, Uruapan, Tarécuato, y en seguida cierto número de residencias, de las cuales solo mencionaremos aquí las más importantes: Erongarícuaro, Guayangareo (Hoy Morelia, después de haber sido Valladolid), Zacapu.

No conviene hacerse ilusiones con esta lista: los más de estos conventos no eran sino casas modestas, con una capilla al lado, sin padre de residencia fija y que solamente eran visitadas desde los conventos principales. Tal era, por ejemplo, el caso de Pátzcuaro y Erongarícuaro, visitados desde Tzintzuntzan.

En cuanto a la Nueva Galicia, es en 1531 cuando se fijan las primeras fundaciones: Tetlan, bien pronto reemplazado por Guadalajara, Colima y Axixic, en las riberas del lago de Chapala. Puede decirse que, dese 1531, y no obstante modificaciones exteriores, cuyo origen hemos de explicar en seguida, hallamos ya señaladas las direcciones esenciales del apostolado franciscano: los contornos inmediatos de la ciudad, o muy poco lejanos, como Hidalgo y Morelos, la región de Puebla, Michoacán y la Nueva Galicia.

El avance hacia el Norte, hacia los países de minas y de los chichimecas, Zacatecas y Durango, las exploraciones apostólicas como las de Sinaloa, hachas por Fr. Juan de Tapia, vienen a resultar como una prolongación, inevitable por lo demás, de la ocupación espiritual de la Nueva Galicia.

Sería fastidioso trazar aquí un minucioso cuadro de las fundaciones franciscanas de 1531 a 1572. Vamos a indicar solamente las principales etapas. En las regiones de México y Puebla, tras la que llamaríamos fiebre de los años iniciales, la actividad fundadora entró en calma: ya estaba ocupado el territorio, había que consolidar la obra.

Y los cronistas, por su parte, son más inclinados a darnos las fechas de los orígenes que del desarrollo de las misiones. Pobreza cronológica que ayuda a formar el contraste y da la sensación de un apaciguamiento, tras un período de fervor. Así fue como se fundaron conventos en las cercanías de México, en la región de Hidalgo y en la de Puebla, en una fecha que es ciertamente anterior al 1572, a veces con muchos años, pero que no podemos precisar con seguridad.

Tales como Tlalnepantla, Xochimilco, Huexotla, Otumba, Tula, Zempoala, más tarde cedido a los agustinos, Cholula, Atlixco, Tehuacán. Escasa fechas hallamos, como extraviadas sobre este mar de incertidumbres, unas de ellas casi seguras, apenas aproximadas otras.

Por el 1540, en la region de Puebla, Tecamachalco, Quecholac y Tecali; la de Tecamachalco representa quizá el principio de una metódica evangelización de los popolocas, retardada por la dificultad de su lengua; en 1543 comienza Fr. Andrés de Castro la evangelización de los Matlaltzincas de Toluca y su valle, dejados en descuido hasta ahí también por la ignorancia de su lengua complicada que nadie sabía aún.

En 1548 se construye el convento de Calpan, cercano a Huexotzinco; 1555 – 1557, bajo el provincialato de Fr. Francisco de Bustamante, se construye el convento de Cuautinchan (Puebla), población en que habían ya residido franciscanos, pero hubieron de abandonar por falta de personal; por el 1558, fundación de Acatzingo, no lejos de Tepeaca; en 1559, reconstrucción del convento de S. Juan Teotihuacán, al regreso de los franciscanos, que habían evangelizado antes la region.

Por el 1570, fundación de S. Martín Zapotitlán, entre los popolocas del E. de Puebla; por el 1571, fundación de Tepetitlán, cerca de Tula, y por el 1572, principio de la construcción del convento de Apan (Hidalgo). A partir del año de 1535 la misión Mexicana, dependiente desde 1525 de la provincia de S. Gabriel de Extremadura, en calidad de Custodia, adquirió el carácter de provincia autónoma, bajo la advocación de El Santo Evangelio.

Las misiones de Michoacán y principalmente la Nueva Galicia tuvieron un desarrollo paralelo, al mismo tiempo que se iniciaba el avance hacia el Norte en sus regiones salvajes, para irse precisando y consolidando más tarde.

Fr. Juan de Padilla fundó en 1533 en Zapotlán, que sería años más tarde ciudad Guzmán, un pequeño convento, y en 1535 Fr. Francisco Lorenzo fundó Etzatlán, cerca del lago de la Magdalena y que puede considerarse el primer paso hacia Nayarit, Durango y Zacatecas.

Ese mismo año se erigió en Custodia de la provincia del Santo Evangelio la misión de Michoacán y Jalisco, bajo la advocación de San Pedro y San Pablo. Tres años más tarde se inicia el período de las grandes exploraciones hacia el Norte: en efecto, en 1538 se hizo la exploración de Sinaloa, por mandato del provincial Fr. Antonio de Ciudad-Rodrigo. Fueron los exploradores Fr. Juan de la Asunción y otro religioso cuyo nombre quedó ignorado.

Un poco después, terminando ya el año, Fr. Marcos de Niza, acompañado del converso Fr. Honorato, partió de Tonalá, Jalisco, hacia Culiacán y de ésta el 7 de marzo de 1539 hacia el Norte. Atravesó lo que hoy es Sonora y Sinaloa; dejó en la primera a Fr. Honorato, por enfermo y llegó a descubrir las fantásticas “Siete Ciudades”.

No podemos detenernos en la parte que tuvieron los misioneros franciscanos en las expediciones realizadas hacia el noroeste de México: en ellas figuraron más bien como capellanes del ejército y en cierta medida también como exploradores espirituales.

Pocos y no duraderos fueron los resultados de estos viajes por estas regiones: unas cuantas fundaciones precarias y una evangelización dificultosa y superficial. A lo cual hay que agregar una cronología llena de incertidumbre. Hagamos notar, sin embargo, por el año de 1542 la instalación de Fr. Miguel de Bolonia en Juchipila, desde donde irradió su acción por todo el sur de Zacatecas.

En 1546 la presencia de Fr. Jerónimo de Mendoza y otros tres frailes menores en el sitio donde hoy está la ciudad de Zacatecas, y, a partir de 1553, los grandes viajes apostólicos del mismo religioso por la Nueva Vizcaya, o sea, la región que forma hoy los Estados de Durango y Zacatecas, y, para terminar, la larga gira de Fr. Juan de Tapia por Durango y Sinaloa, en 1556.

En tanto que estos exploradores espirituales recorrían así, como relámpagos, amplias regiones misteriosas aún, lo grueso del ejército se organizaba atrás y consolidaba sus posiciones.

En 1540, fundación de Jalisco, en Nayarit, en 1542, Autlán, Guadalajara, que reemplazaba a Tetlan, y a su lado, Tonalá; en 1547, Amacueca, al sur-oeste del lago de Chapala; en 1548, Chapala; en 1549; San Miguel el Grande (Hoy Allende, Guanajuato); en 1550, Zacoalco, en Jalisco y Ahuacatlán, en Nayarit, finalmente, en 1551, Tlajomulco, no lejos de Guadalajara.

Con todo, esta lista no agota los conventos fundados en Jalisco antes de 1572: habría que agregar aún, entre otros, las casas de Ocotlán, Atoyac, Cocula y Zapotitlán. Posteriormente, vemos multiplicarse las fundaciones rumbo al Norte, en Durango y Zacatecas, una vez que la exploración preliminar pareció suficiente y se creyó oportuno tomar posesión del territorio más formalmente: en 1558, Nombre de Dios y Durango, en 1559, Topia, mucho más al Noroeste; en 1560 San Bartolomé, atrevido punto el más septentrional; en 1561, Peñol Blanco, más tarde trasladado a San Juan del Río.

Y no es que la consolidación no tuviera sus contratiempos: en 1554 el convento de Santa María de las Charcas, puesto muy avanzado en Sinaloa, al oriente de Chametla, fundado pronto, fue destruido por los indios bravos y hubo de edificarse otra vez en 1583.

Sin embargo, el desarrollo que tuvo la Custodia de Michoacán y Nueva Galicia, con todos sus anexos y sus dependencias hacia el Norte, hizo que los dos años siguientes se le diera una nueva organización canónica: en 1565 fue elevada esta Custodia a la categoría de Provincia independiente, bajo la advocación de San Pedro y San Pablo, que ya tenía, y en 1566 se creó, sujeta a la Provincia del Santo Evangelio, la Custodia de Zacatecas, con los cinco conventos cuya lista dimos ya.

Casi inmediatamente se procedió a dos erecciones canónicas: el convento de San Mateo de Sombrerete, y el de San Francisco de Zacatecas, completados en 1569 para las misiones de la costa, por la erección del convento de Sentispac, al suroeste de Tuxpan, Nayarit.

Lo que caracteriza la expansión franciscana en la Nueva España es la libertad con que los frailes menores pudieron moverse. No hablamos, claro está, de una libertad absoluta: necesariamente habían de tomar en cuenta muchos elementos, tales como el clima, el personal de que podían disponer, los recursos financieros, la manera de reaccionar de los indios, la disposición y las indicaciones de los obispos.

Esta libertad debe entenderse en el sentido de que no había quien les disputara el terreno, para que tomaran la dirección que les pareciera: el país estaba sin nadie y pudieron extenderse en él a su sabor. Los dos años que habían tomado la delantera a los dominicos fueron bastantes para que pudieran los franciscanos instalarse en el centro (México – Puebla), y de allí desbordar sobre Michoacán y la Nueva Galicia, para adelantarse hasta el Norte.

Ya la expedición dominica habrá de estar limitada y condicionada por la expansión franciscana. Mucho más delicada habrá de ser la situación de los agustinos.

Sus predecesores han podido tomar posesión de toda la Nueva España, en unas partes de manera definitiva, en otras de manera provisoria, y los últimos en llegar habrán de irse intercalando en el hueco que les hayan dejado las misiones de franciscanos y dominicos. Es esta la razón de que la dirección geográfica de su apostolado sea mucho menos precisa.

Es más fácil resumir la expansión de los Hermanos Predicadores en la Nueva España que la de los menores. Desde luego, abarcó regiones menos extensas; por otra parte los textos son menos abundantes y menos precisos.

Por fortuna, la misión dominica presenta un aspecto bien sencillo: dos grupos de importancia desigual: una actividad esparcida por el centro del país, Valle de México, Puebla, Morelos, mal ordenada, al parecer, por el estorbo de la presencia de los franciscanos en las mismas regiones, y un apostolado metódico y progresivo en toda la region que se conoce bajo el nombre de Mixteca y Zapoteca, con la ciudad de Oaxaca como centro.

Llegados a México, como se ha dicho ya, en Julio de 1526, después de morar en una residencia modesta y provisional, se trasladaron los dominicos en 1529 al convento que habían hecho construir con todo cuidado.

Desde el año anterior tenían la administración por lo menos de tres parroquias de indios: el pueblo de Oaxtepec, en el actual Morelos, donde aún puede verse hoy día su convento y hospital ocupados por una escuela normal rural, y en el Valle de México, el pueblo de Chimalhuacán-Chalco y el de Coyoacán, este muy cerca de la capital.

De acurdo con los datos de Mendieta, el convento de Izúcar de Matamoros debe ser más o menos de la misma época, y esta primera instalación indica ya una tendencia a la invasión de la Mixteca, región en la cual penetraron Fr. Francisco Marín y Fr. Pedro Fernández, en 1538, por Acatlán.

La casa de Tepetlaostoc, entre Tetzcoco y Otumba, fue también muy probablemente fundada, por Fr. Domingo de Betanzos, en los primeros años de la misión. Como quiera que sea, estos conventos, menos el de Izúcar, que solo más tarde fue elevado a la categoría de Vicaría, figuran ya en una lista que da el P. Méndez en el año de 1538.

El convento de Puebla debe también ponerse como fundado en este período primero, pues ya en 1535 existía, y con toda probabilidad fue transformado en Vicaría en el capítulo de 1540. No hallamos después ninguna fecha precisa hasta 1550, en el cual las actas del capítulo mencionan la vicaría de Tepapayecan, en la diócesis de Puebla-Tlaxcala, y en el capítulo de principios de 1552, se ve aparecer la casa de Yautepec, en las orillas del río del mismo nombre, en Morelos.

En 1554 es la fundación de la parroquia de Amecameca, al pie del santuario del Sacromonte, y antes de 1556, la de la casa de Tepotztlán, en la región de Morelos. Tampoco aquí queremos alargarnos en la árida enumeración de nombres y fechas.

Tengamos presente que, además de las casas que acabamos de mencionar, los dominicos disponían en 1572, en el centro de la Nueva España, de las siguientes residencias: en el Valle de México, Atzcapotzalco, acabado en 1565, pero cuya fundación fue anterior, Coatepec-Chalco y Cuitlahuac, antiguos conventos franciscanos, Chimalhuacán-Atenco, Tenango y, quizá, Ecatepec; en el actual Morelos.

Tetla del Volcán y Hueyapan, ambos en los confines con el E. de Puebla, por fin en la diócesis de este ultimo nombre, fuera de residencias de segunda orden, cuya lista puede verse en López de Velasco, el convento de Tepeji, que como el de Izúcar, representa el enlace entre la misión del centro y la de Oaxaca, así como Tetela y Hueyapan forman el paso de transición entre el Valle de México y el de Puebla.

Pese a su aparente dispersión, la misión central dista mucho de ser inorgánica. Fácil es comprobar, con los ojos en el mapa, que los Hermanos Predicadores ocupaban todo el sureste del actual E. de México, y que, por Chalco, Tenango, Amecameca, Tetela-Hueyapan, Puebla, Izúcar y Tepeji, sus conventos formaban una línea casi continua desde México hasta la Mixteca.

Debe notarse que los dominicos reforzaron su situación en el Valle de México, obteniendo que los franciscanos les cedieran Coatepec, y que, como abajo veremos, no dependió de ellos el no haber puesto en Tehuacán una de las llaves de la Mixteca.

Sin embargo, la cesión de Coatepec y los incidentes de Tehuacán, donde la hostilidad de los indios les impidió sustituir a los franciscanos, muestran a las claras que en el centro del País tenían que hallarse en difícil situación, debido a la presencia de sus predecesores.

Afortunadamente éstos inmediatamente se habían orientado hacia el Norte y el Poniente, dejando enteramente la dirección meridional, desalentados quizá por la aridez de la Mixteca y la dificultad de comunicación hacia la región zapoteca.

Allí encontraron los dominicos un dominio inmenso y virgen, donde su iniciativa propia había de hallarse a sus anchas y su actividad desplegarse sin obstáculo alguno, y su empresa había de tener el apoyo del episcopado: el primer Obispo de Oaxaca, Don Juan López de Zárate (1535-1555), sin ayuda suficiente de su clero, llamó a los dominicos en su auxilio, y uno de ellos era quien hasta el 1542 ocupó la sede de Tlaxcala, cuya dependencia era la de Alta-Mixteca, el famoso Fr. Julián Garcés.

Prodigáronse, por tanto, en la Mixteca y la Zapoteca con jubiloso ardor, y tanto por su sello, como por el buen resultado que lo coronó, conquistaron en esta región un monopolio casi absoluto, que nadie parece haber querido disputarles jamás.

Ya en 1529 Fr. Domingo de Betanzos envió a Antequera a Fr. Gonzalo Lucero y a Fr. Bernardino de Minaya, aún diácono. El P. Lucero procedió inmediatamente  a la fundación de un monasterio. Burgoa nos ha conservado el acta de la donación del terreno, hecha por el cabildo de Antequera a 24 de Julio de 1529.

Al mismo tiempo recorre los pueblos de las cercanías, de moradores zapotecas o mixtecos, predica, estudia las lenguas y Fr. Bernardino se dedica a construir humildes capillas. Todo esto era apenas una como iniciación de la obra.

La corriente establecida entre México y Oaxaca proporcionó a los dominicos ocasión de estar en trato con las tribus del Alta Mixteca, en sus idas y venidas, y de predicarles en lengua náhuatl la fe Cristiana, y en 1538, elegido provincial el P. Fr. Pedro Delgado, a indicaciones de Garcés, envió allá a dos religiosos, Fr. Francisco Marín y Fr. Pedro Fernández, los cuales, entrando por Acatlán avanzaron hasta Chila y de ahí bajaron a evangelizar los valles de Teposcolula y Yanhuitlán, donde poco después quedaron establecidos sendos conventos.

No es posible, por desgracia, tener mayor precisión de fechas en las fundaciones de la Mixteca y la Zapoteca entre 1538 y 1572: la literatura dominica guarda silencio en esta cronología. Nos vemos así forzados a no dar pormenores de la expansión progresiva de la Orden por ambas regiones.

Parece, por lo que toca a la Mixteca, que por petición de López de Zárate, en 1548, de Teposcolula y Yanhuitlán pasaron los misioneros a los vecinos valles de Tlaxiaco y Achiutla. Ya en 1552 existía la misión de Coaixtlahuaca, que señala un ligero retroceso hasta el norte; Tonalá y Tamazulapan.

Avances hacia el Noroeste, son anteriores, a 1556 el primero, y a 1558 el Segundo. Viene a resultar, de esta manera, como centro de operaciones el grupo de Teposcolula y Yanhuitlán, ya que de él irradia la actividad de la misión en la Mixteca. En 1562, por fin, la existencia de tecomaxtlahuaca da testimonio de un avance al suroeste, y la de Teutila, cerca de la actual Jalapa de Díaz de un brusco salto hacia el noreste, muy más allá de Coaxtlahuaca.

Mucho menos agrupados se hallan los conventos de la Zapoteca. Se aprietan unos a otros en la región de Oaxaca: además de Antequera, del cual ya hablamos, Etla y Cuilapan, ambos anteriores a 1550, Ixtepexi, anteriores a 1556, y Ocotlán anterior a 1562.

Pero las direcciones misioneras que parten de Antequera están apenas indicadas por monasterios muy separados unos de otros: en efecto, van bordeando, o atravesando el territorio de los feroces mijes en el cual la penetración era muy difícil.

El grupo oriental, más allá de Ixtepexi, no abarca más que a Villa Alta de San Ildefonso, a la cual hay que agregar con reservas Tenetze y Totontepec, que se señalan fundados entre 1562 y 1591. Por el sureste, camino de Tehuantepec, en donde los frailes predicadores se habían establecido antes de 1556, no hay en 1562, fuera de Ocotlán, sino dos conventos: el de Nejapa y el de Jalapa, y cerca de la casa de Tehuantepec solo tenemos la de Huamelula, si es que no nos equivocamos en la identificación de la Santa Catarina de Guametula de Méndez.

Por lo que toca al grupo, meridional, viene a reducirse a Huaxolotitlán, doctrina que recibieron los dominicos de López de Zárate en 1554, y Coatlán, región cuya evangelización fue resuelta en el capítulo de 1558. De este modo, la misión en la Mixteca y la Zapoteca tiene el aspecto de una red, bastante espesa en la Mixteca, con Tepscolula – Yanhuitlán por centro, y contorneando la ciudad de Oaxaca y como un dispositivo muy precario todavía y muy esquemático en el país de los mijes o en sus bordes.

Primero estuvo la misión Mexicana de los dominicos sometida directamente al Maestro General de la Orden, representando por un Vicario General que la gobernaba; más tarde se la hizo depender de la Provincia de Santa Cruz de la Isla Española, y al fin fue erigida en provincia autónoma, bajo la advocación de Santiago Apóstol, por Bula de Clemente VII, de 11 de Julio de 1532.

Por esta fecha comprendía todas las casas que se hallaban en lo que hoy es México; en 1551 el capítulo de Salamanca separó de la Antigua provincial las diócesis de Chiapas y Yucatán, y la provincia de Coatzacoalcos y la de Tehuantepec, que unidas a las diócesis de Guatemala, Nicaragua y Honduras, formaron la nueva provincia de San Vicente de Chiapas.

Muy poco tiempo después, Coatzacoalcos y Tehuantepec volvieron a formar parte de la provincia de Santiago.

Los agustinos llegaron a la Nueva España hasta el 1533. Para estas fechas los franciscanos habían fundado ya muchos conventos alrededor de México y en la región de Puebla, se habían instalado en Toluca, Cuernavaca y Michoacán y habían emprendido la evangelización de la Nueva Galicia.

Los dominicos habían fundado también varias casas en las cercanías de México, y se habían fijado en Oaxtepec (Morelos) y en Oaxaca. No quedaban ya libres las grandes vías de la evangelización. Con todo, la red misionera distaba mucho de ser densa: enormes zonas quedaban aún entre las regiones ocupadas por los anteriores misioneros.

En estas zonas de nadie se deslizaron los agustinos. Esta es la razón de que su territorio tenga un trazo caprichoso y a veces confuso, puesto que tuvo que modelarse sobre las lagunas que habían dejado franciscanos y dominicos. Podemos distinguir en las actividades de los agustinos, además de las cercanías inmediatas de México, tres direcciones esenciales que son, por orden cronológico:

1.- Avance meridional, hacia la extremidad oriental del Estado de Guerrero. Sus fundaciones están ligadas a México mediante las del sur de Morelos y el suroeste de Puebla. Tenían al oriente la misión dominica de Morelos, y al poniente, el grupo franciscano-dominico de Puebla, y las casas dominicas de la Mixteca.

2.- Avance septentrional, entre los otomíes de Hidalgo. Se prolonga en sus fundaciones de la huaxteca, en los límites de Hidalgo, San Luis Potosí y Veracruz. Las casas agustinas se hallan estrechadas entre los dos grupos, franciscanos de Hidalgo (Tula-Tepetitlán y Zempoala-Tepepulco), pero al llegar a la Huaxteca, ya sin restricción alguna, se difunden a sus anchas.

3.- Avance occidental, hacia Michoacán. Lo representa una línea de casas que, también entre dos grupos franciscanos, van por Tiripitío, Charo y Yuririapúndaro. Se enlazan con la ciudad de México mediante las casas de la region de Toluca.

Como sucedió con las misiones de los Menores y los Predicadores, estas tres direcciones datan de los primeros años. Como los dominicos, los agustinos tuvieron que tomar posesión sin retardo de su campo de apostolado que les quedaba libre, para evitar cualquier querella de prioridad y posibles conflictos de jurisdicción.

La fundación de la misión del sur es de fines de 1533: el Vicario Provincial, llamado el Padre Venerable, Fr, Francisco de la Cruz, mandó a Fr. Jerónimo de San Esteban y a Fr. Jorge de Ávila que fueran a evangelizar la región de Tlapa y Chilapa, en la parte oriental del Estado de Guerrero, pero pasando por Ocuituco.

Los dos religiosos se detuvieron antes de Mixquic, D.F., y en Totolapan principalmente, y en esta población, que ganaron para su Orden, resolvieron fundar un convento. En Ocuituco quedose Fr. Jorge de Ávila y, un poco después, fue a reunirse con él Fr. Juan de San Román; Fr. Jerónimo de San Esteban, unido a Fr, Agustín de la Coruña que fue a alcanzarle, siguió su camino hacia Chilapa, donde llegaron ambos en los primeros días de octubre de 1533.

Ya en 1534 se levantaron casas en Totolapan, Ocuituco y Chilapa, y en 1535 en Yecapixtla y Zacualpan, ambas en el Estado de Morelos y en Tlapa. Por el sur no llegaron más allá de Tlapa y Chilapa las fundaciones agustinas. Pero entre estos dos puntos y México sí hubo varias: Mixquic, tal vez en 1536, Chiauhtla resueltas por el capítulo de 1550, Tlayacapan, en el de 1554, Jumiltepec y Jonacatepec, capítulo de 1557, Jantetelco, capítulo de 1565, Chietla, cedido por los franciscanos, capítulo de 1566, y Atlatlahuca, en 1570.

       La evangelización de la region de los Otomíes y la Sierra Alta, en dirección a la Huaxteca, fue determinada en el capítulo de 1536. En él se dió el cargo de fundar el convento de Atotonilco, entre los Otomíes, al P. Fr. Alonso de Borja, con otros dos religiosos, y a Fr. Juan de Sevilla, en unión de Fr. Antonio de Roa, de fundar otro convento en la Sierra Alta. Estos dos se instalaron en Molango, no sin tener que combatir grandes dificultades de parte de los indios, en tanto que Fr. Alonso de Borja comenzaba la construcción de un amplio santuario en Atotonilco.

A partir de esta época las fundaciones se suceden en un ritmo bastante regular: Epazoyuca (capítulo de 1540), Actopan e Ixmiquilpan (capítulo de 1550), Tezontepec (capítulo de 1544), Acatlán (?) (capítulo de 1557), Capantongo (capítulo de 1566), Axacopan (apítulo de 1569), en la region otomí; Metztitlán, cuya fundación se resolvió en 1539, pero solo se realizó en 1543; Huejutla (1540-1545), Huauhchinango (capítulo  de 1543, Jilitla (capítulo de 1550), Pahuatlán (capítulo de 1552), Culhuacán (capítulo de 1554). Chapulhuacán y Tantoyuca (capítulo 1557), este último, en la parte septentrional del actual Estado de Veracruz.

Sólo un año es posterior la misión del Poniente a la del Norte. En el capítulo de 1537 fue, en efecto, cuando se determinó enviar a Tiripitío al P. Fr. Juan de San Román, con Fr. Diego de Alvarado, llamado de Chávez, y fundar la casa de Ocuila por el rumbo de Toluca, sobre el camino hacia Michoacán.

Al establecimiento de los Agustinos en Tiripitío siguió el mismo año su bajada a la tierra caliente, donde edificaron la capilla de Tacámbaro. La fundación de Ocuila fue completada por la de Malinalco, en el capítulo de 1540, y, en cierta medida, por la de Cupándaro, en Tierra Caliente, en el capítulo de 1550, ya que se halla casi a la mitad del camino entre Ocuila y Tacámbaro.

En Michoacán, tierra privilegiada del apostolado primitivo, las fundaciones agustinas se multiplicaron casi tanto como las misiones franciscanas. En unos cuantos años: del capítulo de 1550 al de 1554, hallamos al menos siete, como mínimo, sin contra a Cupándaro, Cuitzeo, Yuriria (Actual Estado de Guanajuato), Guayangareo (Valladolid-Morelia, Huango, Charo, Ucareo y Jacona.

Mientras las misiones franciscanas se agrupaban en torno del lago de Pátzcuaro, donde los Menores vieron con justa razón el corazón de la civilización tarasca, las misiones agustinas tomaron como eje fundamental la línea Tiripitío-Guayangareo-Charo, y se desbordaron sobre la Tierra Caliente, donde apenas penetraron los franciscanos, dejando el campo casi del todo libre.

Hasta 1545 la misión Agustina de México dependió de la Provincia de Castilla; en esta fecha fue erigida en Provincia autónoma, bajo la advocación del Dulce Nombre de Jesús.

II

Nos hemos esforzado en presentar, de la manera más clara que nos fue posible, el cuadro de la expansion misionera de las tres Órdenes primitivas por el inmenso territorio de la Nueva España. Nos pareció útil completar este cuadro con un mapa que ayude a darse cuenta de la distribución  de las tres órdenes en 1570, tocando ya el periodo inicial de sus actividades apostólicas. Esta visión geográfica precisará mejor el resumen histórico que acabamos de hacer. Servirá, además, para hacer resaltar ciertos rasgos característicos del desarrollo de la misión Mexicana.

Advertimos, en primer término, el aspecto particular que presenta el corazón del País, o sea el Valle de México y las regiones circunvecinas: quizá con una sola excepción, ningún reparto metódico se hizo allí entre las tres Órdenes y sus conventos se entrelazan de manera casi inextricable.

Acolman, agustino, cerca de Tepetlaoztoc, dominico, y lindando con el territorio de Tetzcoco, Teotihuacán, y Otumba, franciscanos. Morelos sí puede decirse bien repartido: al oriente, Ocuituco, Yecapixtla, Totolapan, etc., son de los agustinos; en centro, Tepotztlán, Oaxtepec, etc., pertenecen a los dominicos; al poniente, Cuernavaca, es de los franciscanos.

Pero se trata de una region poco extensa y, a pesar de la division, los conventos de las diferentes Órdenes no están muy alejados unos de otros pues Yecapixtla, Yauhtepec y Cuernavaca están muy cercanos; Oaxtepec está a dos pasos de Tlayacapan. El mismo entralazamiento hallamos si seguimos hacia el poniente y el noroeste, por la región que yace entre Toluca y Cuernavaca: en todo es similar al que hemos visto en el Valle de México.

Dejando, pues, a un lado la región central del país, podemos hacer el siguiente esquema de la expansión misionera tal como se hallaba por el año de 1570:

1.- Franciscanos: en el mapa aparece el avance apostólico de los Menores en dos direcciones principales: una al sureste y la otra al poniente y el noroeste. Representa la primera el grupo que llamaríamos Puebla-Tlaxcala, con los grandes conventos de las cercanías, tales como Cholula, Huejotzingo, Tepeaca, Atlixco y una punta en el sur del Estado, rumbo a Oaxaca, con las fundaciones de Tehuacán y Zapotitlán.

Más complicada es la segunda dirección y debemos subdividir sus conventos. En efecto, pueden distinguirse:

a)    el grupo Hidalgo-Querétaro-Guanajuato, con los conventos de Tula y Jilotepec, al Oriente; los de San Miguel el Grande, Apaseo, Acámbaro, ya relacionados con la misión de Michoacán, al poniente. Este grupo está en contacto con las casas agustinas de Michoacán y aquel con las casas agustinas de la región otomí.

 b)   El  grupo de Michoacán, con el lago de Pátzcuaro por centro, y los conventos de Tzintzuntzan, Pátzcuaro, Quiroga (Cucupao), Erongarícuaro, Uruapan, etc. por la casa de Valladolid (Morelia) y la de Zinapécuaro, este grupo se liga con el precedente.

 c)    El grupo de Jalisco, con Guadalajara por centro, y los conventos del lago de Chapala (Axixic, Chapala, Ocotlán), y dos puntas de penetración: hacia el sur, la línea Guadalajara-Colima, con las fundaciones de Zacoalco, Amacueca, Zapotlán y Zapotitlán; y hacia el noroeste, la línea Guadalajara-Jalisco, con Etzatlán y Ahuacatlán, transición hacia el grupo Zacatecas-Durango.

 d)   El grupo Zacatecas-Durango, poco firme aun en 1570, territorio de conquista, más que de apostolado metódico, con las casas de Zacatecas. Nombre de Dios, Sombrerete, Durango, etc.

 2.- Dominicos: Geográficamente hablando, el apostolado dominico es el que ofrece el aspecto más sencillo, ya que, descontando la región central, su actividad se ejerce casi en una zona única, en la cual tienen el monopolio absoluto, o poco menos: la de los mixtecos y zapotecos, con dos centros principales de irradiación, que son Teposcolula-Yanhuitlán, y Antequera-Oaxaca. Esta misión se enlaza con la de México por la línea de conventos de Puebla y del sureste del Valle de México.

 3.- Agustinos: Se perciben bien precisas en el mapa las tres grandes direcciones del apostolado agustino:

 a)    La meridional, hacia Tlapa y Chilapa, marcada por la línea Mixquic, Ocuituco, Jantetelco, Chietla y Chiauhtla.

 b)   La septentrional, que corresponde al actual Estado de Hidalgo y al norte de Puebla y Veracruz (Territorio de Otomíes y Huaxtecos), con los conventos de la región de Pachuca (Epazoyuca, Atotonilco, Actopan, etc., y el grupo Metztitlán-Molango, con sus dependencias.

 c)    La occidental, marcada por las casas de la misión michoacana y las que la ligan con la de México; en Michoacán se entremeten las casas agustinas entre las del grupo a) y b) de las casas franciscanas. Pero en este region los agustinos avanzaron más al sur, dejando atrás a los franciscanos y llegando hasta la Tierra Caliente.

 El examen de la distribución de la Órdenes y los conventos nos lleva a distinguir, sin gran artificio a juicio nuestro, tres tipos de misión: misión de ocupación, misión de penetración y misión de enlace.

Llamamos misión de ocupaciones a los sectores en los cuales los conventos forman una red bastante estrecha, a distancia racional unos de otros y agrupados en torno a un centro. A este tipo pertenecen, fuera del Valle de México, la misión franciscana de los alrededores de Puebla, las misiones, tanto franciscanas, como agustinas, de Hidalgo o de Michoacán, la misión dominica de Mixteca, la misión franciscana de la región de Guadalajara.

El Segundo tipo, o sea, el de penetración, está representado por la fundación precaria de casas esporádicas, en zonas de difícil relieve, de clima penoso, aún no del todo pacificadas, o circundadas de territorio del todo indómitos. Cada Orden puede darnos ejemplos: los franciscanos, con la misión de Zacatecas-Durango y, en parte las fundaciones de Guanajuato: los dominicos, con la misión entre los mijes (Oaxaca); los agustinos, con la misión del actual Estado de Guerrero.

Estas misiones del Segundo tipo acompañan o preceden a la conquista militar, en tanto que las del primero, la siguen y, como es natural, la consolidan.

Consideremos, finalmente, como casas de enlace a las series de conventos que, en vez de presentarse en forma concéntrica alrededor de una casa principal, como las primeras, forman una línea más o menos directa, que liga un grupo cualquiera con la ciudad de México. Ejemplo característico nos parece la misión dominica de Puebla, que enlaza a la misión de la Mixteca con la del centro.

De la misma clase es la misión agustina de Morelos, por cuyo medio se unen con la casa de México las del actual Estado de Guerrero y la misión de la misma Orden del rumbo de Toluca, que liga con la central a las casas de Michoacán.

Importaba mucho para la marcha efectiva del apostolado que los religiosos pudieran ir de una casa a otra, sin salir de los dominios de su Orden; así estaban más seguros de recibir un buen hospedaje, lo mismo que de la docilidad y respeto de los indios; así evitaban los roces molestos con miembros de otra Orden, o con los indios administrados por ella; así, finalmente, estaban menos expuestos a vivir fuera de su ambiente habitual y la observancia de la regla quedaba asegurada, al mismo tiempo que las relaciones de unos con otros mantenían en cada congregación religiosa vivos los vínculos de la caridad y hacía más firme la unidad de métodos de acción evangelizadora.

En esto hay un punto de semejanza con la conquista y ocupación militar, que se hace más palpable en la preocupación de los religiosos en acabar con los grandes centros del paganismo indígena e instalar en el lugar en que estos se hallaban el centro de su actividad apostólica. En efecto, una Buena cantidad de fundaciones, particularmente en los primeros años, se hicieron en los centros religiosos del paganismo prehispánico.

Hemos hecho notar a tal cincunstancia en el caso de Churubusco, Tetzcoco, Tlaxcala y Huejotzingo. Podriamos agregar Cholula, Tula, Huexotla (Estado de México), Teotihuacán, Cuernavaca, Tepotztla´n, Yecapixtla, Tzintzuntzan, Charo, Zapotlán, Achiuhtla y otros más. Es un rasgo que hemos de volver a hallar cuando examinemos el influjo de las condiciones misioneras en la arquitectura conventual.

Hay, sin embargo, otros factores que intervienen en la distribución de puestos de misión. Es como un diálogo apostólico entre los religiosos y los indios y ambos interlocutores tienen su parte. Claro está que, al intentar establecerse  en algún punto los misioneros debieron tener en cuenta la forma en que reaccionaran los indios.

No siempre fue favorable la disposición de éstos: la hostilidad de los tarascos, si hemos de creer en Zumárraga, obligó dos veces a los franciscanos, al principio de su misión, a desamparar a Michoacán. Hemos visto que el convento de Santa María de las Charcas fue destruido por los indios bravos. Otro tanto sucedió con el de Topia y el de San Bartolomé.

De igual manera, el convento agustino de Jilitla fue varias veces atacado por los chichimecas, que al fin lograron incendiarlo parcialmente en 1587. Los indios cristianos mismos, aunque sinceramente convertidos, no dejaron de poner su peso en este punto.

Por lo general, eran muy adictos a los misioneros de la Orden que les había dado los principios del Evangelio, y su influjo limitó ciertamente los cambios que solían hacerse entre las tres Órdenes y de los cuales hemos indicado varios ejemplos.

Cuando los dominicos quisieron instalarse en Cuautinchán, de acuerdo con los franciscanos, cuyos superiores habían retirado a los religiosos, convirtiendo ese pueblo en simple visita de Tepeaca, los indios sacaron los ornamentos de la Iglesia, rehusaron dar provisiones de boca a los frailes recién venidos y se iban a asistir a los divinos oficios a Tepeaca o a Tecali.

De esta manera lograron el regreso de sus antiguos pastores y la construcción de un convento franciscano. Incidentes análogos ocurrieron en Tehuacán y en Teotihuacán, nacidos del mismo origen y con los mismos resultados.

En el último de estos tres casos, y quizá también en los dos anteriores, fue la falta de personal la que obligó a los franciscanos a quitar de allí la residencia. Las cifras absolutas que suelen darse del contingente misionero en la Nueva España, o sea, 380 franciscanos, 210 dominicos, 212 agustinos: 802 en total, en la fecha media de 1559, como se ha visto, puede parecernos de consideración, mucho más si las comparamos con los elementos efectivos de las misiones actuales, a veces verdaderamente esqueléticos.

Pero no debemos hacernos ilusiones: de esta cifra íntegra, como ya lo hemos notado, hay que descontar un buen número de religiosos que no podían participar de manera activa en el ministerio: los legos, los novicios, los estudiantes, los profesores, los ancianos, los enfermos, y en cierta medida también, lo que llamaríamos estado mayor, formado por provinciales, guardianes, priores, definidores, a todos los cuales el cuidado de la dirección y administración de su Orden impedía dedicarse sin reserva y de modo directo a la evangelización de los indios.

Es natural que esta insuficiencia se hiciera más notable en los principios: muy pocos religiosos –unos cinco o seis- se limitó para comenzar la misión de Michoacán; la misma razón tuvieron los agustinos para ceder la clero secular, desde 1536, el pueblo de Santa Fe, en las goteras de México, y todavía en 1538 los franciscanos se vieron obligados a abandonar Cuauhtitlán, Xochimilco y Cholula, abandono que, por su parte, los indios no consintieron. Sin embargo, ya es tardía la fecha en que el Provincial Fr. Miguel Navarro, en 1568, decidió dejar por falta de sujetos, siete u ocho conventos, entre los cuales se hallaba el de Tehuacán.

Cierto es que habían aumentado los religiosos en número, pero eran también mayores las necesidades y la empresa exigía más obreros. Además, si el reclutamiento jamás tuvo dificultades dignas de tomarse en cuenta, es un hecho que la mortalidad era muy alta entre los religiosos misioneros, con frecuencia mal alimentados  y agotados prematuramente por un excesivo trabajo y un clima malsano.

La insuficiencia del personal se agravaba con el mal reparto de los religiosos a veces las Órdenes aceptaban y aún pedían la dirección de territorios inmensos, cuya evangelización cumplida estaba más allá de sus fuerzas, pero en los cuales no consentían, ni frailes de otra Orden, ni, mucho menos, clérigos seculares.

A menudo, también los conventos se acumulaban y los religiosos se condensaban en ciertas regiones donde la vida era fácil, abundante y agradable. En cambio, faltaba personal para emprender la evangelización de regiones lejanas, pobres, desprovistas de bienes, de clima rudo y pernicioso.

Sintió la Corona la necesidad de recordar, en Cédula hecha en Madrid, a 17 de marzo de 1553, que las fundaciones monásticas habían de ser para subvenir a las necesidades espirituales del país y no para “el Consuelo y placer” de los religiosos llamados a vivir en los nuevos conventos.

Volvió a la carga cuatro años más tarde y, en Cédula dada en Aranjuez a 4 de marzo de 1561, tuvo que decir aún Felipe II: … “A nos se ha hecho relación que los monasterios que se hacen, se edifican muy cerca unos de otros, porque tienen fin a poblar en lo bueno, rico y fresco y cerca de esa ciudad de México y se dejan veinte y treinta leguas los indios sin doctrina, por no querer los religiosos poblar en tierras fragosas, y calientes y pobres”, y vino en mandar que los conventos  distaran, al menos, unas seis leguas unos de otros.

Las altiplanicies de la región septentrional y la Nueva Galicia sufrían particularmente esta negligencia: tal como lo previeron en 1552 Fr. Ángel de Valencia y sus definidores, la mayor parte de los religiosos no querían ir a esas tierras.

En 1561 el Segundo Obispo de la Nueva Galicia, Fr. Pedro de Ayala, pedía a Felipe II se le mandaran religiosos franciscanos para su diócesis, desprovistas de ministros, pues los que allá estaban al servicio eran enfermos y ancianos y los recién llegados preferían quedarse en las diócesis más fáciles y agradables, tales como México y Michoacán, según testimonio del mismo Obispo.

Queda confirmado este testimonio por el del licenciado Oseguera, que, según escribía en 1563, no podían hallarse franciscanos que fueran a la Nueva Galicia, por temor a la esterilidad del territorio y la barbarie de los indios. Dos días después insistía el obispo en lo mismo y, por lo visto, no se resolvió pronto el problema, pues dos años más tarde hallamos sus quejas de la dificultad que pasaba para reclutar personal para su obispado:

“… es muy principal causa de no venir más, así religiosos como clérigos –escribía-, porque como vienen fatigados de la mar y muchos con falta de salud y alcanzados y pasan por el obispado de Tlaxcala y Arzobispado de México y después por el obispado de Michoacán que son antes que este, que todos son muy copiosos de muchos y muy grandes pueblos  y de muchos mantenimientos, en los cuales son muy persuadidos y regalados para que se queden en ellos, así de los prelados como de los frailes y de otros muchos, y les dan Buenos partidos , que por ser la tierra más rica lo pueden hacer con gran facilidad, huelgan más de quedarse hallá y satisfacer a su necesidad y salud, que pasar a esta tierra de la cual también les dicen mil plagas, que muy cálida, de muy poca gente, de muchas lenguas, de muchas venenosas savandijas, de pocos mantenimientos, y no todos los caminos seguros, porque salen chichimecas a ellos y matan y roban  y que estamos en cauco del mundo…”.

Tales lamentos justificados no hallaron eco más que los anteriores, como podemos deducir de una carta de Felipe II, de Madrid a 27 de enero de 1572, en que rogaba al General de los Franciscanos que diera licencia a doce frailes menores para que fueran a Nueva Galicia, muy desprovista, decía, de religiosos para el apostolado de los indios.

La insistencia de Fr. Pedro de Ayala nos hace ver que a la acción de los indios y de los frailes hay que agregar la de otros elementos, aunque ciertamente menos Honda y eficaz. Más tarde estudiaremos las relaciones de los religiosos con los obispos y con el clero secular, así como con el poder temporal. Aquí nos interesan solamente en la medida en que influyeron  para determinar la dirección de la evangelización y la distribución de las casas misioneras.

La hostilidad o el favor del Ordinario eran parte de las circunstancias que habían de tomar en cuenta los religiosos antes de instalarse en cualquier región. Ya vimos lo que influyó la intervención de Garcés y de López de Zárate para la fundación de la misión dominica en la región mixteco-zapoteca. Y, si Burgoa nos merece crédito en este punto, se debió a las persecusiones del clero secular el que los dominicos abandonaran por algún tiempo Villa Alta con su territorio, y se debió a la acción combinada de la Corona, del Virrey, de la Audiencia y de López de Zárate el hecho de que se resolvieran a regresar.

Pues, si no hay para qué decir que los frailes no entraban en región alguna, sin el consentimiento de las autoridades civiles, sí cabe hacer notar que éstas a veces intervenían de manera más positiva.

Toda la exploración de las regiones septentrionales fue hacha por los franciscanos en estrecha colaboración con el Virrey Mendoza, con Coronado y con Ibarra. Gracias al ruego de Don Vasco de Quiroga, a la sazón solamente miembro de la segunda Audiencia de México, fue Fr. Alonso de Borja a fundar el convento de Santa Fe, en las cercanías de la Capital.

No hay que exagerar, sin embargo, esta acción positiva del episcopado y las autoridades, porque, en resumen, se reduce a muy poca cosa. La penetración espiritual, con los rumbos que había de seguir, los territorios que había de trabajar y los conventos que había de fundar, se debe en primer y principal término al sello apostólico y la iniciativa de los religiosos de las Órdenes Mendicantes.

En esto, como en tantas otras cosas, haya sido el que fuera el mérito de los grandes obispos, los frailes fueron la piedra angular de la joven Iglesia en México.