La nueva teología: Sustento ideológico del modernismo

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EL MODERNISMO FUE DEFINIDO POR EL PAPA PIO X COMO “LA CLOACA DE TODAS LAS HEREJIAS” EN SU ENCICLICA PASCENDI DOMINICI GREGIS. TRAS LA CONDENA PONTIFICIA ESTA “SUPERHEREJIA” NO DESAPARECIO DEL TODO Y PERMANECIO EN ESTADO DE LATENCIA DURANTE DECADAS HASTA LA LLEGADA DEL CONCILIO VATICANO II; QUE ES CUANDO SURGIO BAJO EL NOMBRE DE “PROGRESISMO” O “NEOMODERNISMO”, CUYO SUSTRATO IDEOLOGICO FUE TOMADO DE ALGUNOS NEOTEOLOGOS Y FILOSOFOS COMO HERI DE LUBAC, BLONDEL, URS VON BALTASHAR Y OTROS CUYAS TESIS FUERON EXAMINADAS POR EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA Y FUERON DECLARADAS DESVIADAS; INCLUSO EL PAPA PIO XII ESCRIBIO UNA ENCICLICA DENOMINADA “HUMANI GENERIS” (VER ANEXO), PARA CONDENAR ESA NUEVA TEOLOGIA (AUNQUE SIN MENCIONAR  NOMBRES ESPECIFICOS).

A PESAR DE LAS CONDENAS LA NUEVA TEOLOGIA OBTUVO UN TRIUNFO RESONANTE DURANTE EL CONCILIO VATICANO II DANDO ORIGEN A LO QUE PROPIAMENTE PODRIAMOS LLAMAR “NEOMODERNISMO”. EN EL SIGUIENTE ARTICULO SE EXAMINA EL PENSAMIENTO DE ESTOS NEOTEOLOGOS QUE TIENEN LA PARTICULARIDAD DE DESPRECIAR LA FILOSOFIA TOMISTA TACHANDOLA DE  FILOSOFIA MEDIEVAL Y REBASADA.

Una serie excelente de artículos ha aparecido en una prestigiosa publicación italiana que tiene la virtud de adentrarnos en lo que podríamos llamar la “sala de máquinas” de la apostasía que destruye a la Iglesia.

¿Por qué hablarnos de una “sala de máquinas” de la apostasía? Al igual que en los grandes transatlánticos de principios de siglo, donde se encontraban miles de personas, con una gran actividad a bordo, -aunque de hecho los que hacían avanzar esa inmensa mole se encontraban abajo, en la gran sala de máquinas, formando un grupo relativamente reducido-, lo mismo ocurre en la gran nave de la Iglesia católica, que alberga a millones de bautizados, de muy diversas categorías, y que actualmente se encuentran totalmente desorientados, debido sobre todo a las artimañas llevadas a cabo en los interiores de esta nave por un grupo nada numeroso que ha trabajado al abrigo de miradas indiscretas.

¿Que es lo que produce el avance de la Iglesia católica? La Fe católica. ¿Y que es lo que desorienta a las almas y destruye la Fe católica? La herejía. En los trabajos de la publicación italiana citados al principio se nos habla de seis autores que son en realidad los creadores de esta herejía sutil que es el neomodernismo.

El primero de estos seis neomodernistas es un filósofo francés que nació en 1891 y murió en 1949, no siendo su nombre muy conocido fuera de determinados ambientes. Y sin embargo sin él no hubiera sido posible la celebración del Vaticano II. Se trata de Maurice Blondel. ¿Cómo es posible que la filosofía tenga tanta importancia, cuando cualquier persona dotada con un poco de sentido común sabe que, en realidad “no tiene sentido”? La respuesta es que la filosofía es un mecanismo por el cual el espíritu humano capta la realidad natural, y como todo hombre, aunque sólo sea para subsistir, tiene necesidad de estar unido a la realidad de una forma u otra, de la misma manera, tenga o no conciencia de ello, tiene que recurrir a la filosofía. Como ya lo dijo en un tiempo lejano Aristóteles, incluso en el caso de que rechacemos la filosofía, tendremos necesidad de ella para justificar este rechazo. Por ejemplo, si un hombre decide guiarse única y exclusivamente por su sensibilidad, no puede negarse que en este caso es su razón la que claudica, y así sucesivamente. Este acto de la razón, dirigiendo o no su existencia, es lo que constituye de forma explícita o implícita, consciente o inconsciente, su filosofía.

Desde hace varios siglos, el hombre moderno es cada vez más reacio a la realidad, al ser ésta dirigida por Dios y tener su origen en Dios. El hombre moderno prefiere habitar en un mundo imaginario, mundo del que sería creador y señor. Esta es la razón por la cual la filosofía moderna no tiende a captar la realidad, sino que lo que desea es expresar de cien maneras diferentes su rechazo de la realidad. Y a esto se debe que la filosofía haya adquirido tan mala fama, con razón, y como consecuencia, cualquier persona dotada con un mínimo de sentido común será mejor si se deja guiar por él.

Sin embargo la Iglesia Católica reconoce la existencia de Dios, lo adora y ama esa realidad suya que es la Creación (“hermano sol, hermana luna“), y desde hace siglos y siglos manifiesta su sumisión a esta única realidad mediante una única filosofía, como es natural, que ha demostrado su valía en todo momento y que se la conoce sobre todo con el nombre de “tomismo”, en referencia clara a Santo Tomás de Aquino. Si todos los hombres quisieran someterse a la realidad, seria tenida en gran consideración la filosofía, en lugar del desprecio que se le profesa hoy en día, y así todos los hombres serían, consciente o inconscientemente tomistas.

Por el contrario el mundo moderno, impregnado de las ideas liberales y revolucionarias, rechaza el tomismo por las mismas razones que rechaza la realidad. De esto se deriva que muchos intelectuales católicos deslumbrados en demasía por el mundo moderno, buscan por todos los medios liberarse de la filosofía y de la teología tomista de la Iglesia, buscan una justificación filosófica a su mundo imaginario. Esta es la base filosófica que Blondel aportó al Padre Henri de Lubac, S.J., creador de la “nueva teología” que es, por así decir, el substrato del Concilio Vaticano II.

La primera característica que se aprecia en la obra de Maurice Blondel es esa fragilidad dentro de su imprecisión manifiesta. Sus enemigos son incapaces de definir su tesis, mientras que sus amigos se niegan a hacerlo, y de esta manera, aunque es merecedor de las condenas de la Iglesia, logra evitarlas siempre. De una forma u otra, las grandes líneas de su pensamiento no ofrecían dudas a nadie.

Blondel parte del supuesto que hay que conquistar al hombre moderno. el cual no se siente atraído casi por la filosofía objetiva, lo que significa una filosofía en la que el sujeto se somete a un objeto real. Y de esta manera, con el pretexto de ponerse al alcance del hombre moderno subjetivista, Blondel se hunde en pleno subjetivismo. Y ya que el hombre moderno se asfixia, hay que asfixiarse juntamente con él.

Siendo pues “objetivo” el espíritu humano (hecho para un objeto exterior al hombre), mientras que el corazón humano es “subjetivo” la etapa siguiente, según el razonamiento de Blondel, será afirmar que la Fe católica no pasa del espíritu al corazón, sino que, al contrario, pasaría del corazón al espíritu. San Pablo nos enseña, y esta es la posición católica correcta, que la Fe procede de nuestro exterior (“¿Y cómo creerán en Aquel si no han oído hablar de El?” Rom. 10, 14-17) mientras que Blondel afima que la Fe surge de la experiencia íntima, posición claramente modernista: la Fe es lo que yo siento.

De todo esto deduce (tercera etapa) que lo sobrenatural es una necesidad, una exigencia intrínseca a la naturaleza humana, pues “nada puede entrar en el hombre que no salga de él y que no se corresponda de alguna forma con su necesidad de expansión”, según los propios términos de Blondel. De esta manera el subjetivismo de Blondel mina los fundamentos objetivos de la Fe y lo mismo ocurre con su naturalismo, el cual subvierte todo el orden sobrenatural. Y así todo el orden de la Gracia que trasciende a la Naturaleza es reducido simplemente a ésta.

Cabe preguntarse -tras lo que se ha expuesto- qué queda del Catolicismo. Lo que es seguro es que la manera con que. Blondel planteaba lo sobrenatural influyó mucho en el Padre de Lubac, quien a su vez influyó también enormemente en el concilio Vaticano II a través de los Padres conciliares, de suerte que en los principales documentos de esta magna asamblea, como Nostra Aetate y Ad Gentes, el Concilio evitó cuidadosamente el uso de la palabra “sobrenatural”. Tal vez solamente un pequeño número de personas lea a los filósofos y teólogos, pero este reducido número suele estar casi siempre en primera fila.

Blondel llegará incluso a cambiar la definición de la verdad. Rechaza la fórmula clásica tan conocida: “adecuación del espíritu y de la realidad” por ser -según él- abstracta y quimérica (hay que saber que para él, como para la mayor parte de los modernistas, el espíritu es incapaz de captar la realidad), y de aquí que Blondel re-defina la verdad como “la verdadera adecuación del espíritu y de la vida” definición que deja fluctuar la verdad es un perpetuo movimiento, sin determinar ni fijar nada. De esto se deriva una verdad cambiante, una Fe evolutiva y una “Tradición viva” en cuyo nombre se condena sin ambages la “Tradición inmovifsta” de Monseñor Lefebvre. ¡Ah!, la verdad evoluciona.

¿Se puede afirmar que Blondel actuaba de buena fe? El Padre de Tonquedec, célebre jesuita de entonces, no opinaba así, y presentaba como pruebas toda una serie, de razones que pueden ser consideradas como pitas definitivas en los escritos de cualquier modernista:

1) Blondel trae a colación textos de Santo Tomás de Aquino, forzándoles de tal forma para decir lo contrario de lo que en realidad expresan.

2) Una y otra vez, frente a las réplicas o críticas de sus adversarios, llenas de solidez argumental, se limita a negarlas de forma categórica y superficial.

3) Afirma que no ha sido comprendido.

4) Constantemente trata de explicar los puntos en los que su pensamiento es realmente ortodoxo, de tal manera que incluso hoy no sabemos con certeza el sentido preciso de sus escritos.

Sin embargo los lectores mas perspicaces advertirán fácilmente que ciertos “golpes de timón” en el pensamiento de Blondel son solamente una máscara, máscara que se quitará únicamente al estar en compañía de sus amigos. En 1932 el Padre de Lubac llegará a reprocharle que concede demasiada importancia a las críticas provenientes de voces católicas, mientras que Blondel le responde a vuelta de correo que “¡durante el tiempo en que reinaba un “extrinsecismo” intransigente (¡léase un respeto excesivo para la realidad exterior!) se hacia necesario progresar lenta y prudentemente para no ser objeto de las penas canónicas y de esta manera culminar la tarea afanosamente emprendida”. Todo esto quiere decir que Blondel sabía perfectamente lo que hacía, pues actuaba deliberadamente cuando engañaba a las autoridades de la Iglesia respecto al núcleo de su pensamiento, buscando con estas artes permanecer oficialmente dentro de la Iglesia para cambiarla así desde “el interior”.

¡Pero qué “reformador” y qué “reforma”! Y sin embargo Blondel creía sinceramente que estaba realizando esta tarea de volver a mostrar un “cristianismo auténtico” El mundo moderno le agradeció a Blondel el bombardeo del edificio de una Iglesia que estaba anclada en el pasado. Cabe preguntarse si Blondel se felicitaba en realidad por esto o por el contrario sentía algún remordimiento. Sea lo que sea, nuestro filósofo consultó al Padre de Lubac para preguntarse si sus tesis no habrían ido demasiado lejos, a lo que el sacerdote respondió al pensador seglar: no se deje llevar por esas timideces, su pensamiento es justa y espontáneamente católico. ¡Cuán grave es la responsabilidad del sacerdote!

El Padre de Lubac nace en los albores de nuestro siglo. Su fallecimiento se produjo hace solamente dos años. Cuando era estudiante en Jersey, allá por los años veinte, se sintió atraído por Blondel y por otros autores cuya doctrina ofrecía serias sospechas, respecto a los cuales ciertos jesuitas “indulgentes” permitían más o menos la lectura de sus, obras. Y aunque parezca mentira, todo esto ocurría cuando habían pasado quince años escasos de haber prohibido severamente San Pío X la enseñanza de los pensadores modernos y después de la imposición de Santo Tomás de Aquino en los Seminarios y casas de formación religiosa. Por otra parte, si el Señor había permitido que por la intercesión de San Pío X se efectuasen milagros.

 Signos de la santidad de este Papa y de las bendiciones divinas derramadas sobre su augusta persona, es una triste verdad también que para muchos intelectuales jesuitas el Papa Santo no era nada más que un Papa con aires de párroco de corte integrista. En cuanto a los milagros, su opinión es que eran buenos para los campesinos italianos… El mundo moderno está infectado de estas ideas perversas que penetran con facilidad estremecedora en el espíritu de la gente. ¡Qué gracia tan inmensa poder valorar a Santo Tomás de Aquino en su justa medida!

Tanto el Padre de Lubac como sus compañeros, desilusionados al no encontrar en Santo Tomás de Aquino una base filosófica en armonía con su fe modernista, buscaron este apoyo en los escritos de Maurice Blondel. De Lubac admiraba incluso a ciertos autores porque no contaban con la aprobación de Roma. No obstante, le habían enseñado que respecto a Roma había que mantenerse en una actitud externa de sumisión. Al igual que Blondel, de Lubac encubrió su doctrina hábilmente, de tal forma que Pío XII escribió en los años cincuenta que esta doctrina encubierta era el signo que distinguía a los “nuevos teólogos”. Esto puede explicar la impresión que se llevaron los católicos cuando se apercibieron que los habían convertido en modernistas tras el Vaticano II.

Si Blondel abandonó la filosofía escolástica, de Lubac abandonó también la teología tradicional. En 1932 de Lubac se dirigía a Blondel para decirle que su obra filosófica había abierto el camino a una nueva teología de lo sobrenatural. Nuestra Santa Madre la Iglesia nos enseña que el orden sobrenatural de la Gracia es precisamente, como indica el término, un don gratuito, puro don de Dios. La naturaleza es capaz de recibir la Gracia, pero nunca puede exigir este don sobrenatural que es de otro orden, infinitamente superior, don que Dios concede como quiere e independientemente de la naturaleza que lo recibe. Por el contrario en la “nueva teología” de Blondel y del Padre de Lubac lo sobrenatural es una exigencia, una perfección necesaria de la naturaleza, y sin esto, se encontraría frustrada en sus aspiraciones esenciales. Dicho de otra forma, lo sobrenatural es necesario a la naturaleza y sin este elemento se encontraría inacabada e incompleta. Aun más, lo sobrenatural no es un don gratuito, es algo exigido por la naturaleza. El orden sobrenatural no es ya sobrenatural, sino… natural. Se inscribe en los límites de la naturaleza.

Aquí está el meollo de la “nueva teología“: el hombre, sencillamente por ser hombre, está en el camino de la salvación. En esta idea se inserta la tesis de Karl Rahner: “los cristianos anónimos”,es decir, todos aquellos hombres que son cristianos sin saberlo, incluso sin haber sido bautizados. No es difícil deducir que tal postura conduce al indiferentismo: ¿qué importa la religión que se profese?. Y un paso más y nos encontramos con el ecumenismo. Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿qué necesidad tenemos de la Iglesia católica para salvamos?… ¡ah, el Vaticano IE.

Blondel y de Lubac eran conscientes de que su “nueva teología”, y de forma especial su teología de lo sobrenatural, se enfrentaba al Magisterio de la Iglesia Católica, pero uno y otro afirmaban que eran ellos los que profesaban el “cristianismo auténtico” (Blondel) la “Tradición más auténtica” (Blondel) los que “habían dado vida a la antigua doctrina” (De Lubac). En 1946, el Padre Garrigou-Lagrange, dominico y tomista de gran altura publicó un artículo en el que analizaba profundamente la nueva teología, mostrando que en realidad no era nada más que una nueva versión de las tesis modernistas. El Padre de Lubac respondió al dominico Garrigou-Lagrange con una serie de insultos, mofándose de la visión simplista de Garrigou-Lagrange en cuanto al absoluto de la verdad. De Lubac acusó a los tomístas de una ignorancia notoria de la Tradición católica. Y cuando en 1951 Su Santidad Pío XII lanzó el grito de alarma contra la “nueva teología” en su Encíclica Humani Generis, de Lubac descalificó el escrito pontificio diciendo que era “muy unilateral… sin haber nada en él que me haya llamado la atención”.

Blondel murió en 1949 pero Henri de Lubac vivió mucho tiempo más llegando a ver el triunfo de su “nueva teología” en el Concilio Vaticano II y en los años posteriores. A pesar de todo todavía quedaba en el Padre de Lubac el suficiente sentido católico para reconocer, siendo él no obstante quien había dado a luz la teología del Vaticano II, que las consecuencias de este Concilio habían sido un desastre para la Iglesia. Al final de sus días en un trabajo ya tardío, hizo su “examen de conciencia”. En él se puede leer: “Esta época está sujeta igualmente a las desviaciones, tropiezos, ilusiones y asaltos del espíritu del mal (…) Tal vez hubiese sido mejor concentrar mi trabajo sobre lo que es esencial en la Fe y en la vida cristiana. Desde hace siete u ocho años me paraliza el miedo de enfrentarme, de forma concreta, con los problemas esenciales de hoy que se encuentran al rojo vivo. ¿Qué es esto, debilidad o sabiduría? ¿Tengo o no tengo razón? ¿No estaré acabando, a pesar mío, en el clan integrista que tanto me horroriza?” De esta forma de Lubac acabó su vida como la había empezado, causándole horror los defensores de la enseñanza integral y completa de la Iglesia, con la única diferencia que al principio de su carrera se alegró sólo con pensar que podía destruir el trabajo de los defensores de la Fe, mientras que al final de sus días por el contrarío, llevada a cabo la obra de destrucción, tuvo un mínimo de decencia al derramar algunas lágrimas (pocas lágrimas) sobre las ruinas que aparecían ante él…

El mejor comentario que pueda hacerse de esta trayectoria lo podemos encontrar en el secreto de Nuestra Señora de la Salette: “Los demonios (…) salidos del infierno (…) acabarán poco a poco con la Fe, incluso entre los consagrados a Dios. Les cegarán de tal manera que, de no tener una gracia especial, se apoderarán de todos ellos estos espíritus infernales. Varias instituciones religiosas perderán totalmente la Fe y llevarán a la perdición a muchas almas. Los malos libros llenarán la tierra y los demonios extenderán por todas partes una relajación total en lo que respecta al servicio de Dios…” San Pablo lo expresa con más brevedad: “En los últimos días (…) los hombres serán desleales, obstinados, orgullosos, amigos de lo carnal más que de Dios, guardando lo externo de la piedad pero sin tenerla realmente”. 2 (II Tim 3, 4-5).

URS VON BALTHASAR Y LA “MÍSTICA” ADRIANA VON SPEYR

Otro nombre importante dentro de esta historia es el Padre Hans Urs von Balthasar, muerto en 1988 cuando le faltaba muy poco para ser elevado al rango de Cardenal. Formado, como el Padre de Lubac, en la Compañía de Jesús de la que se desligó en los años cuarenta poco antes de su profesión solemne, este famoso jesuita experimentaba, a semejanza de Henrri de Lubac, un rechazo total respecto de la teología escolástica junto a un deseo vehemente de hacer desaparecer sus fundamentos mismos. De él transcribimos lo siguiente: “Todos mis estudios hechos en la Compañía de Jesús fueron una encarnizada lucha con la desolación que impregnaba la teología, con lo que los hombres habían hecho de la gloria de la Revelación. Me era imposible soportar esta figura falsa de la Palabra de Dios y me hubiera gustado liarme a golpes a diestro y siniestro con la furia de un Sansón, y con su fuerza derribar el templo para quedar enterrado en sus ruinas… No hablaba yo a nadie de estas cosas. Przywara lo comprendía todo, incluso sin palabras, situándome en el “apocalipsis” con esa fuerza demoledora cuyo fin era dar la vuelta a su mundo mediante la violencia, para reconstruirlo después a partir de sus cimientos, sin que importase para nada cual sería el precio”.

Profesaba un gran amor a la literatura y a la música, y así al final de sus estudios de Filosofía y Teología von Balthasar escribía: “Comprendí la gran ayuda que para la concepción de mi teología debía aportarme el conocimiento de Goethe, Hölderlin, Nietzsche, Holfmannsthal y sobre todo de los Padres de la Iglesia en cuyo conocimiento me había iniciado de Lubac (…). El mensaje de Goethe debía ser aplicado al fenómeno de Jesús y a la convergencia de las teologías neotestamentarias“. El “fenómeno” de Jesús… ¡que expresión! Habría que preguntarse si von Balthasar guardaba la Fe católica. Pero, en verdad. ¿era necesario colocar a Nuestro Señor junto a los autores modernos y examinarle a través de ellos?

En 1936 von Balthasar es ordenado sacerdote y poco más tarde desarrolla su actividad en Bale (Suiza) en donde conoce al pensador protestante Karl Barth, cuyo “cristocentrismo radical” ejerció una influencia decisiva sobre el jesuita. Situando a Nuestro Señor Jesucristo, más bien que a la Iglesia Católica, en el corazón de la unidad de los cristianos, von Balthasar consigue algunos adeptos a su fe un tanto sospechosa, entre los cuales se encuentra una mujer llamada Adriana von Speyr, con la que permanecerá en “simbiosis teológica y psicológica” hasta el fin de su vida. Bajo la dirección espiritual de von Balthasar. Adriana comienza una larga historia de visiones místicas. Para darlas a conocer, nuestro jesuita funda una editorial, y como sus superiores no veían claro en este asunto “místico” de Adriana. von Balthasar deja la Compañía de Jesús. Para vivir se aloja en la casa del (segundo) marido de Adriana von Speyr, hasta que en 1960 las fuerzas modernistas del cercano Concilio le ganan para su causa dentro de la febril preparación del Vaticano II.

En cuanto a las “experiencias místicas” o “carismas” de Adriana von Speyr, le hubiera bastado a Urs von Balthasar aplicar los criterios que la Iglesia pone en juego en tales casos, con el fin de rechazarlos como contrarios a la Fe y a las costumbres católicas. Pero en lugar de poner a prueba el “misticismo” de Adriana a la luz del dogma católico, prefirió revisar el catolicismo siguiendo los criterios de Adriana. Veamos a continuación dos ejemplos que ejercieron una enorme influencia -la influencia de Adriana- sobre la Iglesia conciliar:

1) su “teología de la sexualidad” y

2) su concepción ecuménica de la Iglesia.

En lo que respecta al primer apartado, Adriana afirmaba que el “cielo le había revelado” la necesidad de “replantearse” el “valor positivo” de la “corporeidad” o del cuerpo humano. Y así podemos leer en su Diario que “las fórmulas que establecen la necesidad de mantenerse apartados uno del otro, sin verse, están -en lo concerniente a la esfera de lo corporal- fuera de lugar”. ¡Como si el pecado original ya no existiera! Esta mujer llegó a expresar su colaboración con von Balthasar en términos realmente crudos, abriendo camino a la exaltación de la “corporeidad” y estableciendo la fórmula de “integración afectiva”, que consiguió desbaratar millares de vocaciones. Tampoco von Balthasar admitía que en la religión del Verbo Encarnado pueda verse disminuida la significación del cuerpo del varón y de la mujer, y quería volver a situar el amor erótico en el centro de la teología.

Para salir en defensa de las novedades increíbles contenidas en la obra de Adriana von Speyr, nuestro teólogo afirma que “la teología actual no puede comprender -al menos por el momento- las formulaciones encerradas en las “visiones” de Adriana. ¡Aunque en realidad la teología católica está perfectamente capacitada para comprenderlas!”. De tales escritos, propios de la naturaleza desprovista del concurso de la Gracia, son sus autores, según nos dice la Sagrada Escritura, “hombres impíos que se dejan llevar de sus delirios, manchan su carne, menosprecian la autoridad y blasfeman de las dignidades (…) Estos son los que fomentan las discordias; hombres animales, sin espíritu”. (Ep. de S. Judas. 8 y 19).

De hecho Adriana y von Balthasar se separan de la Iglesia Católica, aunque ocultan su desviación inventando un nuevo concepto -al invertir los términos- para definir a la verdadera Iglesia que en adelante denominarán “la católica”, (la católica Iglesia). Y aquí está su otro error, de consecuencias funestas: el ecumenismo.

Adriana afirma que en el transcurso de una visión, en la que se le apareció la Madre de Dios, formuló con María un acto de consagración, tras el cual la Virgen le puso durante una fracción de segundo al niño (el de Adriana y Urs von Balthasar) en los brazos, “pero no era solamente un niño, era la Una Sancta en miniatura, pudiendo ver yo misma la unidad reinante en nuestra obra emprendida que es un trabajar en Dios para la católica, (la nueva Iglesia). Adriana es una ¿convertida? del Protestantismo que no ve en el Catolicismo limitación confesional alguna. Solamente asistía a Misa en Navidad y en Pascua. Este concepto del Catolicismo se lo transmitió a von Balthasar, autor de las siguientes palabras: “En contraposición a la teología escolástica, la dimensión de la realidad católica es vasta como el mundo”.

A pesar de todo esto von Balthasar critica con aspereza a Karl Rahner por su complejo “antirromano” y se opone a esa “tendencia que trata de liquidar” a los católicos posconciliares. ¿Cómo se pueden explicar estas contradicciones?

La respuesta es la influencia filosófica del alemán Hegel, y así entramos en el dominio de la Filosofía. Según la lógica hegeliana, los conceptos opuestos (por ejemplo el día y la noche, el círculo y el cuadrado) no solamente no se excluyen sino que se completan, y del conflicto que resulta entre estos conceptos opuestos (“tesis” y “antítesis”) nace la “síntesis” que les une. Para von Balthasar, heredero de Adriana van Speyr, las diversas iglesias, religiones e incluso los diferentes ateísmos se completan en un proceso cuya meta es la super-Iglesia universal, la denominada por él “la católica”, proceso que nos conduce -según él- a la verdadera Iglesia de Cristo, Iglesia en la que tiene cabida todo por más opuesto que sea, sin limitación alguna. Esta super-Iglesia ecuménica tomará cuerpo en un futuro en una síntesis total, trascendiendo a la Iglesia actual, debiendo esta última desligarse de todas sus ataduras para entrar en leal competición con los demás “sistemas” sin excluir siquiera a los cristianos anónimos, esos cristianos que ignoran que lo son, sin señal alguna que los distinga.

El ecumenismo hegeliano tuvo un papel importantísimo en Asís, en 1986, cuando Juan Pablo II no dejaba de decir que su deseo no era un movimiento sincretista, sino que al contrarío animaba a todos -por supuesto también a los católicos- a conservar la propia religión, Y es que en pura lógica hegeliana. para que haya una verdadera síntesis, la tesis y la antítesis deben permanecer inalterables,

Uno creería que el Papado podría representar, en este proceso de la super-Iglesia, un obstáculo insuperable. Von Balthasar nos responde a esta cuestión corno un perfecto hegeliano: la Iglesia debe ser no solamente de Pedro (tesis) sino también de Pablo, de María y de Juan (antítesis), y así el primado de jurisdicción desaparece en un vago primado de la caridad, Y aquí sí que reconocemos el modelo de Papado llevado a cabo por Juan Pablo II: sus viajes incesantes, su apertura universal, la llamada urgente que hace a todos para que la diversidad subsista y que al mismo tiempo llegue a realizarse la unidad milenaria.

Para von Balthasar la “catolicidad” de la verdadera Iglesia no ha llegado todavía a su plena realización, es más bien “una promesa, una esperanza escatológica. La Iglesia católica actual es la versión romana -rígida y estrecha- de la super-Iglesia ecuménica, una versión entre otras, un fragmento entre los demás fragmentos del todo, fragmento en el que -según la conocidísima expresión del Vaticano II- el todo “subsiste” (o se encuentra en parte). Dicho esto comprendemos por qué los católicos deben estar a la escucha de las demás religiones, y por qué las conversiones deben hacerse no ya a título individual, sino de forma colectiva no se trata de un retorno a la Iglesia católica actual, sino de un movimiento de todas las confesiones hacia la super-Iglesia. En realidad esto significa que los católicos deben abandonar la Iglesia Católica, por eso no hay más remedio que decir que, en lo que respecto a Urs von Balthasar, es una verdadera proposición de apostasía.

Todo esto encierra una lógica aterradora y refleja perfectamente, a medida que las ruinas de la Iglesia se acumulan a nuestro alrededor, la realidad de los hechos, Los hombres que gobiernan la Iglesia, nuestra Madre, no son tontos, y no parece probable que actúen bajo la presión de amenaza alguna ni que actúen tampoco con mala voluntad. Entonces, ¿por qué este empeño en destruir la Iglesia cuando todo el mundo puede ver los efectos desastrosos que están ocurriendo? Es precisamente en la sala de máquinas, lugar en el que actúan pensadores de las características de Blondel, de Lubac y von Balthasar, en donde hay que buscar la respuesta. “Ciegos y guías de ciegos”, maestros en el arte del engaño, pero a decir verdad, ¡cuánto más confundidos están ellos por el padre de la mentira! ¡Querían reformar a la Iglesia y al mundo y lo único que han hecho es llevarnos a un verdadero naufragio! ¡Kyrie eleison!

PABLO VI, EL TRIUNFO DE LA “NUEVA TEOLOGÍA”

Seguimos con nuestra larga exposición, siendo la persona del Papa Pablo VI la que analizaremos a continuación. Su Excelencia Monseñor Montini, futuro Pablo VI, era un admirador de la “nueva teología“, en especial la del Padre Henri de Lubac, y de la filosofía que latía tras ella volatizando la verdad, sobre todo la de Maurice Blondel. Justo cuando la ortodoxia de Blondel era mirada en Francia con un recelo enorme, allá por los años cuarenta, Monseñor Montini, desde su puesto de Sustituto de la Secretaría de Estado, envió, en nombre de Pío XII, una carta a Blondel en la que con la autoridad de su cargo y públicamente alababa sus especulaciones filosóficas como una —contribución preciosa” en su referencia y alcance al hombre moderno.

Esta carta daba la impresión de apoyar el error doctrinal, y esto desde la suprema autoridad de la Iglesia, aunque difícilmente podía ser ésta la posición personal de Pío XII, ya que el Papa publicó en 1950 una encíclica, Humani Generis, que desde el principio hasta la última página condenaba la “nueva teología” incluso exigía a los Superiores que no fuese de ninguna forma enseñada o dada a conocer. Monseñor Montini era capaz de traicionar a Pío XII, y la prueba de esto fue cuando estableció contactos en plena guerra mundial con Stalin, a espaldas del Papa, contactos prohibidos por el Pontífice que no llegó a enterarse sino una vez consumado el hecho y a través de los servicios secretos suecos. Cuando Pío XII supo esto, alejó inmediatamente a Monseñor Montini de Roma, nombrándolo en 1954 Arzobispo de Milán, pero sin conferirle nunca el Cardenalato según costumbre ya establecida, e incluso hasta el final de su Pontificado no lo volvió a recibir en audiencia privada. La actitud de Monseñor Montini antes de abandonar Roma es típica de su forma de ser, ya que puso todo su empeño para que la encíclica Humani Generis no surtiera afecto, y así por ejemplo aseguró a Jean Guitton, liberal y admirador suyo, que la “nueva teología”, tan querida por ellos dos, era una opinión respetable que solamente había sido condenada por el Papa en cuanto a la forma. A pesar de todo Humani Generis logró durante un determinado tiempo aislar al Padre de Lubac e impedir la libre circulación de sus obras. Mas una vez instalado Monseñor Montini en Milán continuó apoyando al Padre de Lubac, apoyo que no le faltó hasta el mismo momento en que Juan XXIII nombró al jesuita consultor de la Comisión preparatoria de trabajos teológicos con vístas al anunciado Concilio Vaticano 11. Sin dudar un instante lo primero que hizo Juan XXIII fue nombrar Cardenal a Monseñor Montini, de esta forma podría ser elegido Papa y así seguiría dando su apoyo a la “nueva teología”.

Es innegable que Montini, Sumo Pontífice desde 1963, franqueó mucho más la entrada a los “nuevos teólogos”, recibiéndolos en audiencia, concelebrando con ellos, deshaciéndose incluso en elogios. Muchos Padres Conciliares del Vaticano II, desconociendo lo que era la “nueva teología” pero sabiendo que había sido condenada, la aceptaron única y exclusivamente a causa de la actitud personal de Pablo VI.

Esta actitud de Pablo VI tenía, no obstante, un aire o matiz prudencial, dando la impresión a ciertos observadores que al actuar así se mostraba también un tanto dubitativo o indeciso. Tal vez en ciertos momentos, y sin proponérselo, su conciencia, o lo que le quedaba aún de católico, le reprochaba con angustia, cuando se detenía a pensar que estaba desviando a la Iglesia de su verdadero camino, pero su voluntad estaba resuelta a cambiar ese camino. Todas las precauciones tomadas por él tenían el único objetivo de impedir a los conservadores reaccionar de alguna manera, según propio testimonio de Monseñor Bugnini en su libro sobre la reforma litúrgica. Reforma que tanto Pablo VI como él auspiciaron al unísono.

 Pablo VI sabía -y quería- con precisión cuál era su meta y estaba plenamente decidido a alcanzarla.

Por ejemplo, en junio de 1963 invitó al P. de Lubac, por medio del P. Boyer S. J. -rector de la Gregoriana- a un congreso tomista que debía tener lugar en otoño, para que el P. de Lubac pronunciase una conferencia sobre Teilhard de Chardin. De esta forma el mismo Papa convertía a los tomistas en “teilhardianos”. Se abrían las puertas a las que el conocido Padre Garrigou-Lagrange denominaba el camino “del escepticismo, de la fantasía y de la herejía”.

Con la misma “firmeza metódica y tenaz” Pablo VI aplastó la resistencia conservadora, colocó en los centros neurálgicos del poder a los “renovadores” y les aseguró el porvenir reformando -entre otras cosas- las normas para la elección del Papa.

A semejanza del Padre de Lubac, Pablo VI, al final de sus días da la impresión de dudar o lamentarse en algunos momentos por lo que había hecho, pero igual que el Padre de Lubac, no se trata de una verdadera conversión, sino más bien lo que intenta es no cargar con la responsabilidad de tantos errores. Y por eso lo vemos en 1976 cómo alaba al P. de Lubac al cumplir este 80 años. Los modernistas no se convierten…

Hace poco, en 1993 en Roma y como consecuencia de todo esto, los liberales han emprendido el proceso de beatificación de su admirado Pablo VI. Ciertos amigos romanos mejor informados rogaron a los liberales no seguir con este asunto, pues habría que revelar determinados hechos obscuros de la vida privada de Pablo VI. Todo desorden intelectual va parejo siempre con un desorden moral pero los liberales no se paran ante nada -y por eso se ve la Iglesia en la hora actual salpicada con estos hechos- ¡Ojalá se extinga este proyecto callada y discretamente!

Lo que no cabe duda es que al morir Pablo VI, en 1978 había logrado destrozar o disolver la resistencia católica que durante el Concilio había tenido una determinada significación, mas al cabo de cierto tiempo todo quedó reducido a un grupito insignificante de “tradicionalistas” capitaneados por dos obispos ya ancianos. Desde entonces el único y gran conflicto que atrae toda la atención en la Iglesia es el protagonizado entre los extremistas del neomodemismo que ocupan los puestos docentes y los neomodernistas moderados que ocupan los puestos docentes y los neomodernistas moderados que ocupan los puestos de gobierno. No se trata de una batalla entre dos poderosos, sino dos puntos de vista diferentes para que la “renovación” en la Iglesia sea llevada a cabo de la forma más adecuada.

JOSEPH RATZINGER: LA CONSOLIDACION DE LA REVOLUCION CONCILIAR

Hablemos ahora del Cardenal Ratzinger. Durante el Concilio era un joven y brillante teólogo de unos treinta años, amigo y discípulo del profesor vanguardista Karl Rahner. Poco tiempo después del Concilio, en 1968, Ratzinger publicó un libro titulado Einfühurung in das Cristentum, título que en francés aparece como La Foi chrétienne hier et audjourd’ hui. En 1980 se había conseguido ya la octava edición italiana. Una vez nombrado Cardenal Prefecto para la Congregación de la Fe, Ratzinger no sólo no se arrepiente de lo escrito en este libro durante su juventud, sino que lo define como un libro “católico” y a la vez “abierto” al nuevo clima del Vaticano II. Damos a continuación una serie de citas del propio libro para que el lector vea mejor cómo realiza Ratzinger esta curiosa “combinación”.

En la página 120 se lee: “Dios es un acontecimiento para el hombre a través de los hombres, y más concretamente a través de “el hombre” (es decir Jesús) en el que se manifiesta la realidad definitiva del ser humano y que, por eso mismo, es simultáneamente Dios”. (Adviértase especialmente la expresión por eso mismo).

Si las palabras tienen una significación, lo que acabamos de transcribir significa que, para Ratzinger, Jesús es Dios porque en Jesús aparece la quintaesencia, es decir, la esencia misma del hombre. En otras palabras, todo hombre que se muestre completamente, absoluta y profundamente hombre será, por esa misma razón, Dios (¡!). Por lo tanto, para creer que Jesús es Dios basta con creer que es profundamente hombre. Eliminada la Segunda Persona de la Santísima Trínidad que desciende del cielo y se hace hombre, se elimina así algo que el hombre moderno no llega a ver fácilmente. Lo que está claro es que Ratzinger combina la Fe católica con el Vaticano II porque se limita á guardar las expresiones del catolicismo, como por ejemplo la palabra “Dios”, pero vaciándola de substancia. “Dios” es solamente Un hombre eminentemente perfecto. Sin duda alguna que Ratzinger “renueva” el catolicismo. De hecho su “introducción al catolicismo” lleva a los lectores a un Cristianismo completamente nuevo. El único problema es que no tiene que ver nada con el “antiguo”, el verdadero cristianismo. Lo que de verdad renueva es el modernismo y la herejía.

Podría objetarse que no es posible sacar consecuencias tan graves tomando sólo una pequeña cita sacada de su contexto. Pero desgraciadamente hay muchas más afirmaciones del mismo tono en este libro, ya que el contexto es el celo exagerado de Ratzinger por el hombre moderno, ateo e indiferente.

Analicemos otras dos muestras significativas del libro de esta renovación del Cristianismo. “¿Acaso no debemos más bien reivindicar apasionadamente a Jesús como hombre, haciendo de la Cristología (ciencia de Cristo) un humanismo o una antropología (ciencia del hombre)? De suerte que el auténtico hombre por el solo hecho de ser entera y auténticamente hombre sería Dios y Dios sería precisamente el hombre auténtico”. Los concilios ecuménicos de los primeros siglos respondieron afirmativamente a estas dos cuestiones, afirma Ratzinger también en este libro. Y así para Ratzinger la Iglesia nos enseña que Jesús Hombre, por ser plenamente hombre es Dios. y por lo tanto es un hombre plenamente auténtico. Por el contrario, lo que la Iglesia nos enseña es que la plenitud de Dios se ha hecho hombre encarnándose en el seno de Virgen María, pero Ratzinger dice que no, que lo que nos enseña la Iglesia es que la plenitud del hombre se ha hecho Dios.

Veamos de cerca otro párrafo del libro: “El ser de Jesús es pura actualidad de las relaciones a partir de y por. Por el simple hecho de no ser separable de su actualidad, este ser coincide con Dios. Es al mismo tiempo el hombre modelo, el hombre del futuro, el hombre a través del cual puede percibirse cuán poco ha comenzado el hombre a ser él mismo (es decir Dios) Ratzinger afirma, dentro del contexto, que el hombre Jesús estaba tan totalmente despersonalizado que su ser era el servicio a los demás (“la pura actualidad”). El ser humano de Jesús, por lo tanto era tan perfecto que este ser humano era a la vez, el ser de Dios y el ser último del hombre, hacia quien deben tender en su evolución todos los hombres. En otras palabras, cuando todos los hombres alcancen la perfección de su evolución de la que Jesús es arquetipo, también ellos serán Dios. ¿Entre el hombre y Dios hay identidad esencial!

Para defender este libro escrito por Ratzinger en 1968, se podría alegar que su Fe era total respecto a la enseñanza de la Iglesia sobre el Verbo de Dios que desciende del Cielo para encarnarse en el seno de la Virgen. Pero sencillamente ha formulado de nuevo esta doctrina en términos plenamente humanos con el fin de que el Evangelio sea admitido por el hombre moderno y humanista. Nuestra respuesta a esta exposición tan caritativa del “humanismo” de Ratzinger no puede hacerse esperar y además va a ser necesariamente dura.

Primero: Esta es la verdad: Dios ha bajado del Cielo a la tierra para salvarnos y que podamos gozar de la Vida eterna junto a El. Formular de nuevo esta verdad en términos puramente humanos es tan inverosímil, por no decir otra cosa, como querer cambiar los colores del arco iris.

Segundo: Cualquiera que profese la Fe católica no intentará modificarla, por mucho amor que tenga al hombre moderno.

Conclusión: Joseph Ratzinger, a juzgar por su libro de 1968, no profesaba la Fe católica e incluso no tenía la menor idea de la verdadera Fe.

¿Acaso el Cardenal Ratzinger, confirmado en su cargo por Juan Pablo II, en 1991, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en un tercer mandato de cinco años, ha desaprobado al Padre Ratzinger, teólogo de 1968? Por supuesto que no. Toda su obra ha sido reeditada varias veces y el Cardenal continúa escribiendo en Communio, la revista de la “nueva teología” fundada en 1972 por Ratzinger, Henri de Lubac y von Balthasar. Siguiendo los pasos de este “trío” se encuentran bastantes teólogos que constituyen la reserva espiritual de Juan Pablo II, situándose por una parte los ultraprogresistas dentro del campo de la enseñanza y por otra los progresistas moderados para el gobierno de la Iglesia.

 Actualmente Roma se halla cada vez más invadida por estos “nuevos teólogos”.

Como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Cardenal Ratzinger no ha tenido inconveniente en elogiar a Urs von Balthasar e incluso ha apoyado la apertura en Roma de un centro de formación que tiene como principales inspiradores a von Balthasar de Lubac y Adriana von Speyr. Por el contrario, las decisiones dogmáticas de la Iglesia del pasado siglo o principios de éste han sido desechadas por el Cardenal Ratzinger tratándolas de “disposiciones transitorias”.

Para concluir diremos que cuando se afirma que el Cardenal Ratzinger puede restaurar la Iglesia es solamente un mito. Es cierto que a semejanza de von Balthasar y Pablo VI, Ratzinger puede a veces dar la impresión de ser un conservador, a raíz de ciertas afirmaciones, pues no le gustan los excesos del modernismo, pero por otra parte aprueba globalmente la “nueva teología” mientras que reniega del Magisterio y de la Tradición. Así se explica que enuncie falsos principios y que rechace sus conclusiones lógicas. Ante un grave error se opone con un error moderado y su respuesta a los abusos en la Iglesia no es en verdad una respuesta. Por lo tanto si no ocurre un milagro del cielo no esperemos que el Cardenal Ratzinger salve a la Iglesia, y esto a pesar de la buena fama que lo rodea. Lo que importa son las ideas, y a juzgar por las ideas que se encuentran en sus escritos y por sus mismas actuaciones, el Cardenal Ratzinger es un prefecto de la Fe sin la Fe!

JUAN PABLO II: EL DISCIPULO DE LOS NUEVOS TEOLOGOS

Nuestro último análisis concierne a la persona de Juan Pablo II. Cuando un Cardenal es partidario de la “nueva teología” es evidente que la Iglesia sufre y se lamenta por ello, pero cuando es el mismo Papa, entonces es una verdadera catástrofe. Si Pablo VI no se escondía en cuanto a su admiración por los “nuevos teólogos”, Juan Pablo II se declara uno de sus discípulos. El teólogo alemán Johannes Dörmann nos lo dice en un libro reciente que acaba de publicar. Dórmann no es exactamente un tradicionalista, pero impresionado por la reunión de Asís de 1986, emprendió un trabajo sereno y objetivo en tomo a los discursos y escritos del Papa Wojtila. El Padre Dörmann nos dice que el error fundamental de Juan Pablo II consiste en afirmar que todos los hombres, consciente o inconscientemente, se encuentran en un estado de Redención efectiva, Redención llevada a cabo por Jesucristo, lo que significa que todos están salvados. El error proviene directamente de la “nueva teología” que glorifica al hombre hasta tal punto que introduce una confusión entre naturaleza y gracia. La naturaleza humana es tan maravillosa que por sí misma llega a lo “sobrenatural”. Por lo tanto todo aquel que posee la naturaleza humana tiene también lo “sobrenatural”, es decir la Gracia. Y así pues se puede afirmar que todos los hombres se encuentran en estado de Gracia y en consecuencia todos los hombres, por el solo mérito de ser hombres, están salvados. El Infierno existe, pero “vacío”, decía von Balthasar. De esta forma tenemos una visión nueva, y tan nueva, de la Iglesia, de la Revelación y de la Fe.

En lo que concierne a la Iglesia resulta que si el hombre, a lo largo de toda su existencia, posee la gracia simplemente por gozar de la naturaleza humana, entonces todos los hombres pertenecen de una cierta forma a la Iglesia, de suerte que ésta llega a hacerse una con la Humanidad. De nuevo la confusión entre la naturaleza y lo sobrenatural.

En segundo lugar, ya que la Iglesia y la Humanidad no se diferencian nada más que en la conciencia más o menos luminosa que una y otra tienen de su pertenencia a Cristo.-en general la Iglesia es más consciente que la masa de la Humanidad- resulta que todo lo que Cristo ha revelado al hombre es simplemente la propia plenitud del hombre, esa impronta sobrenatural que hay en todo hombre por el solo hecho de serlo. Sin embargo esta revelación del hombre al hombre a través de Cristo es una revelación exterior y secundaria, no totalmente necesaria, ya que todos los hombres son conscientes de su propia presencia, tienen, de forma natural, conciencia de ellos mismos y gozan incluso de una revelación interior sin tener que recurrir a cualquier revelación exterior del tipo que sea. Siguiendo este razonamiento se llega a afirmar que las diferentes religiones no son ni verdaderas ni falsas ya que todos los hombres poseen una suficiente conciencia de sí mismos a través de la religión que profesan. Por esto Juan Pablo II manifiesta un gran respeto por todas las “religiones” no católicas.

Finalmente la Fe, según este concepto, viene a ser algo así como esa conciencia que el hombre tiene de su estado “naturalmente’” sobrenatural, bien lo conozca a través de la revelación cristiana o a través de otros conductos. De lo que resulta que todas las religiones encierran alguna revelación de Dios y es por esto por lo que es necesario el diálogo entre las religiones, camino ideal para la paz religiosa que es a su vez el componente imprescindible para la paz mundial. Así se comprenden las reuniones como la de Asís y los incesantes viajes de Juan Pablo II.

Hay muchos testimonios de la sumisión de Juan Pablo II a la “nueva teología”. Su primera encíclica, que data de 1978, nos recordaba la célebre frase del documento conciliar Gaudium et Spes (n.° 22): “El Hijo de Dios, a través de la Encarnación, se ha unido en cierta forma a cada hombre”. La afirmación es verdadera si con ella se da a entender que todo hombre que nace en este mundo está salvado en potencia por Cristo, pero será necesario que haga algo para pasar de la potencia al acto. Mas esta afirmación no será verdad si con ello se quiere expresar (como así lo hacen Juan Pablo II y el Nuevo Catecismo) que todos los hombres se encuentran salvados actualmente por Cristo, lo sepan o no y lo quieran o no.

En 1981 Juan Pablo II nombra a Monseñor Ratzinger Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En 1982 dedica grandes elogios al “archiherético” Theilhard de Chardin, con motivo del centenario de su nacimiento. En 1983 concede el cardenalato al jesuita Henri de Lubac. Y en el mismo año lanza la idea para que se organice una reunión de estudio sobre von Balthasar y Adriana von Speyr, reunión que tuvo lugar en 1985. En 1988 concede la purpura cardenalicia a Urs von Balthasar, mas este muere antes de recibirla, lo que no obsta para que en la oración fúnebre que con tal motivo pronuncia en su honor el Cardenal Ratzinger, el Prefecto para la Doctrina de la Fe afirme que el gesto del Papa guarda todo su valor.

Cuando muere Henri de Lubac en 1991. Juan Pablo II envió sendos telegramas de pésame al General de la compañía de Jesús y al Cardenal Lustiger, Arzobispo de Paris, en los que hablaba de la “probidad intelectual” del jesuita, así como su “larga y fiel colaboración en tanto que servidor de la Iglesia”, servidor que supo recoger “lo mejor de la Tradición católica”. En 1992 Juan Pablo II vuelve a los elogios de Henri de Lubac y de von Balthasar en tanto que promotores de la revista “Communio”, órgano oficial de la “nueva teología”. A los que escriben en esta revista se les llama “conservadores” pero en realidad son modernistas un poco “prudentes”. Tras el Papa es toda la prensa católica la que anima y elogia a la “nueva teología”. Por último, en Febrero de 1993, Juan Pablo II ensalzaba el libro de Blondel, La Acción, en el centenario de su luz pública y ponía a este, escritor como ejemplo a los filósofos y teólogos, un ejemplo digno de imitación.

Finalmente enumeremos los principios católicos fundamentales, tras esta triste exposición de la actitud de Juan Pablo II. Principios que nos permitirán guardar nuestra Fe, con serenidad de espíritu y equilibrio, en medio de la viña del Señor devastada por su propio Vicario:

1°.- El Espíritu Santo no puede en la actualidad contradecir lo que inspiró en el pasado.

2°.- La Revelación pública de la Fe se acabó con la muerte del último de los Apóstoles. Esta es la Fe católica y nadie puede cambiarla.

3°.- La Iglesia y el Papa están asistidos por Dios para salvaguardar la Fe y no para introducir en ella novedades.

4°.- Ningún Papa puede contradecir a los Papas que le han precedido.

5°.- Ningún Papa puede ir en contra de lo que ha sido enseñado y creído por la Iglesia siempre, en todas partes y por todos.

6°.- En caso de enfrentamiento entre todos los Papas del pasado y unos pocos que corresponden a los últimos Pontificados los católicos tienen la obligación de seguir a los Papas del pasado.

Y en resumidas cuentas cuando un Papa actúa y enseña a partir de posiciones estrictamente personales, este Papa no puede exigir de los fíeles que le obedezcan ni tampoco tienen obligación los fieles de obedecerle. El privilegio de infalibilidad no incluye que el Papa pueda imponer formalmente ex cathedra a toda la Iglesia sus errores personales, pero no excluye que intente exponerlos no formalmente sino de hecho.

Si un Papa quisiese imponer un error, el celo de Cristo por su Iglesia impediría que se hiciese uso de la infalibilidad. Pero el privilegio de la infalibilidad no impediría que la Fe corriese peligro por negligencia de un Papa, lo que si impediría es la declaración ex cathedra de un error. Por lo tanto la crisis actual no pone en tela de juicio la infalibilidad pontifical, lo que ocurre es que constituye para los católicos una prueba terrible.

Para acabar diremos que nuestra obligación es rezar y hacer penitencia, impedir la destrucción de la Iglesia y en concreto para aquellos que tengan posibilidades de hacerlo, manifestar al Sumo Pontífice los graves deberes de su misión apostólica.

Todo lo que acabamos de exponer es muy doloroso pero también es muy consolador, conocemos claramente la batalla que nos ha tocado librar. Lo que ocurre actualmente en Roma es de lo más coherente. Desde un punto de vista humano los que gobiernan”; hoy en día a la Iglesia están como soñando, y todo induce a pensar que dejaran que ese sueño dure hasta que la Iglesia este totalmente en ruinas. Desde el punto de vista de Dios, solamente el Señor es capaz de purificar a la Iglesia, permitiendo que caiga mucha fruta podrida y cuando la operación se haya concluido hará que la Iglesia surja indestructible de esta montaña de ruinas, radiante de belleza. El Señor es el dueño de la situación y sabe perfectamente lo que hace. El nos habla diciéndonos: “Yo soy el Señor; vuestro Dios, y no hay otros dioses fuera de Mi. Este es mi Hijo muy amado en quien tengo todas mis complacencias, y solo El es el Camino, la Verdad Y la Vida. Todas las demás soluciones son falsas, quedando finalmente reducidas a polvo y ceniza. Os amo con amor eterno. Nunca es demasiado tarde para buscar mi Rostro. Yo soy”.

Constituirá una grande gracia para el futuro la posibilidad de continuar colaborando en la solución de Dios. El espera de todos nosotros que nos convirtamos en héroes y heroínas. No dejemos de pedir en nuestras oraciones la estabilidad la salud y la alegría sobrenaturales.

 Publicado en “Tradición Católica”, Revista de la Hermandad San Pío X, Casa San José, 28607 – El Alamo (Madrid) España. N4109 y ss. 

Fuente: Stat Veritas 

Textos atribuidos a Mons. Richard Williamson miembros de la FSSPX.

Difundidos por: Diario pregon de la plata

 ANEXO:

CARTA ENCÍCLICA HUMANI GENERIS